Pilato no quiso mancharse. Sacó a los dos presos ante la multitud y la dejó elegir Barrabás estaba preso por sedición y homicidio; hoy, en España, lo primero ya no le quitaría el sueño: Sánchez borró la sedición del Código Penal en 2022. La multitud gritó su nombre y Pilato pidió agua.
El lunes, Pedro Sánchez pidió la suya. Convocó elecciones para el 29 de noviembre, tres días después de que el Congreso le tumbara los decretos de vivienda y tras un año jurando que las generales serían en 2027. Admitió errores y pidió una mayoría más amplia para doblegar a las élites. Las élites, se entiende, siempre son los demás.
Antes de gritar un nombre, miremos bien a quién tenemos en el balcón.
Sánchez perdió las últimas elecciones: el 23 de julio de 2023 el PP sacó 137 escaños y el PSOE 121, con más de 330.000 votos de diferencia. Gobierna porque fue a buscar lo que le faltaba adonde había jurado no ir. En 2015 aseguró que con Bildu no iba a pactar y se ofreció a repetirlo cinco veces, o veinte. En 2019 dijo que ni él ni el 95 % de los españoles dormirían tranquilos con Podemos en el Gobierno, y acabó gobernando con ellos. Tres días antes del 23J sostuvo que la amnistía no entra en la legislación ni en la Constitución española. Cuatro meses después, era el precio de los siete votos de Junts.
Las promesas de esta legislatura corrieron la misma suerte. Anunció 183.000 viviendas asequibles; en abril, su Ministerio ni siquiera tenía datos de cuántas estaban terminadas, en realidad son cero. Pactó con Sumar la jornada de 37,5 horas y el Congreso se la devolvió. Prometió reformar la ley mordaza y aprobar una ley contra la trata: ni lo uno ni lo otro. No ha aprobado unos Presupuestos desde 2023; los de aquel año van por su tercera prórroga. Cumplió, eso sí, la subida del salario mínimo, un 66 % desde 2018, que pagamos los empresarios.
Y esto viene de lejos. Sánchez llegó a La Moncloa hace ocho años y en la propia moción de censura calificó de urgente reformar la ley mordaza; hoy sigue en vigor y la disolución acaba de enterrar su reforma otra vez. En 2019 firmó con Podemos que derogaría la reforma laboral del PP; en 2021 su ministra de Trabajo admitió que técnicamente no se podía. En el debate de noviembre de 2019 prometió castigar de nuevo los referéndums ilegales y traer a Puigdemont ante la justicia: renunció a lo primero al año siguiente, y lo segundo lo cumplió al revés, con una amnistía a medida. Y el que en 2014 sentía vergüenza de que un político indultara a otros políticos indultó en 2021 a los condenados del procés.
El 13 de julio de 2014, día de las primarias que le hicieron secretario general, Santos Cerdán escribió a Koldo García, según un informe de la UCO: sin que te vea nadie y metes las dos papeletas. Koldo respondió al rato que ya estaba. En el Comité Federal del 1 de octubre de 2016, la dirección de Sánchez quiso votar con una urna escondida tras una mampara, y sus propios compañeros gritaron “pucherazo”; los vídeos de aquella jornada salieron a la luz en abril. Sánchez perdió y dimitió. Volvió en 2017, a bordo de un Peugeot.
Todos los integrantes de aquel viaje, enmarronados. Conducía Koldo, que también custodiaba los avales, con Ábalos y Cerdán a bordo. En junio, el Supremo condenó a Ábalos a 24 años de cárcel y a Koldo a 19 por las mordidas de las mascarillas; a Ábalos, además, por enchufar a su expareja en dos empresas públicas. Cerdán pasó casi cinco meses en Soto del Real y sigue investigado por el presunto amaño de obra pública. Juanma Serrano, al que hizo presidente de Correos nada más llegar a La Moncloa, está imputado desde julio en el caso de la fontanera Leire Díez. Y, según se ha publicado a raíz del libro de Ketty Garat, también se viajaba en los Mercedes de Serrano. El Peugeot, por lo visto, era para la foto.
Los sindicatos merecen párrafo aparte. CCOO y UGT no le han hecho a Sánchez ni una huelga general en ocho años, ni siquiera con la inflación disparada tras la invasión de Ucrania; la última fue contra Rajoy, en 2012. Mientras, Trabajo les ha subido las subvenciones un 260 % en cinco años: en 2025, 12,2 millones para CCOO y 11,4 para UGT. El lunes, el día en que Sánchez convocó elecciones, los comegambas se acordaron de la calle: huelga general de 24 horas este otoño. Unai Sordo ya ha dicho que CCOO movilizará el voto por mayorías que defiendan a la clase trabajadora. Días antes, fuentes sindicales se preguntaban, ante una huelga en campaña: ¿Contra quién va la huelga? Contra el que viene, evidentemente…
Y luego está Maricarmen. Ochenta y siete años, un 50 % de discapacidad, siete décadas en el mismo piso del Retiro y un desahucio que la sacó en camilla el 23 de septiembre. Su contrato de renta antigua lo extinguió la Ley de Arrendamientos Urbanos de 1994, aprobada con Felipe González en La Moncloa. El Sindicato de Inquilinas reprochó al Gobierno no haber impedido el desahucio y usar a Maricarmen para culpar solo a Ayuso. Lo que sí hizo el Gobierno fue exprimir su caso para vender un decreto que no era nuevo: el primer texto estaba negociado con Junts antes del desahucio, y la moratoria de desahucios, según la propia ministra, ya había caído tres veces en un año. Solo le faltaba una cara. La ministra la agitó en la tribuna como una pancarta y perdió la votación.
Cada cual es libre de votar a quien quiera, a izquierda o a derecha. Pero la libertad de votar no trae la inocencia de regalo. Quien el 29 de noviembre meta en la urna la papeleta de Sánchez sabiendo todo esto no podrá decir que le engañaron. Habrá visto la amnistía, la condena de Ábalos, la urna tras la mampara y a una anciana convertida en pancarta, y habrá dicho que sí. A eso, en castellano, se le llama ser muy hijo de p. Votar a este PSOE es votar contra la España de ciudadanos iguales que la amnistía partió en dos: los que cumplen la ley y los que pueden negociarla. Y quien firma, responde.
Para esta lección no hace falta ir al Gólgota; basta con la hemeroteca. Felipe González dejó el paro en el 22,8 %. Zapatero, en 5,27 millones de personas. Sánchez se presenta con la deuda en un récord de 1,74 billones de euros y dos secretarios de Organización con paso por Soto del Real.
Barrabás tenía su público. Elegirle era lo atrevido, lo que quedaba bien ante la plaza, y la plaza gritó su nombre. El bandido salió libre y el inocente acabó en la cruz. Dos mil años después, aquella escena sigue siendo el retrato de lo que pasa cuando se decide a gritos y se piensa después. El 29 de noviembre, Pilato volverá a lavarse las manos y dirá que el pueblo es soberano. Lo es. Por eso, si volvemos a gritar «¡Barrabás!», no habrá jofaina para nosotros.