Hay nombres que deberían enseñarse en todas las escuelas de España. Nombres que deberían pronunciarse con respeto, con admiración y también con gratitud. Porque hubo hombres que no solamente hicieron nuestra historia: hubo hombres que, literalmente, entregaron partes de su cuerpo y finalmente su propia vida para que España continuara siendo España.
Uno de ellos fue Blas de Lezo.
El almirante al que sus enemigos podían contarle las heridas antes que las derrotas. El hombre al que le faltaban una pierna, un ojo y la movilidad de un brazo, pero al que jamás le faltaron valor, inteligencia ni amor por España.
Blas de Lezo y Olavarrieta había nacido en Pasajes, Guipúzcoa, en 1689. Era vasco. Profundamente vasco y profundamente español, porque entonces ambas cosas no solamente no eran incompatibles, sino que resultaban perfectamente naturales.
Nadie necesitaba explicarle que su tierra formaba parte de una empresa histórica mucho más grande. Nadie tenía que impartirle una conferencia sobre identidades nacionales. Nadie necesitaba inventarse fronteras sentimentales donde nunca las hubo.
Era vasco y era español.
Y acabó convirtiéndose en uno de los españoles más extraordinarios de nuestra historia.
Ingresó muy joven en la Armada y también muy joven comenzó a pagar físicamente su compromiso. En la batalla de Vélez-Málaga perdió una pierna. Más tarde perdería un ojo y quedaría prácticamente inutilizado de un brazo.
De ahí aquellos sobrenombres que han atravesado los siglos: Mediohombre, Patapalo.
Pero aquel cuerpo mutilado encerraba una voluntad formidable.
Blas de Lezo participó en numerosos combates, navegó por diferentes mares y fue acumulando una experiencia militar que terminaría siendo decisiva en 1741, cuando el Imperio británico decidió atacar Cartagena de Indias.
Y allí comenzó la leyenda.
Los británicos enviaron contra Cartagena una fuerza formidable al mando del almirante Edward Vernon. La desproporción entre atacantes y defensores era gigantesca. La expedición británica reunió decenas de navíos de guerra y transporte y decenas de miles de hombres entre marineros, soldados y fuerzas auxiliares.
Frente a aquello, Blas de Lezo disponía de unos medios extraordinariamente inferiores.
Sobre el papel, Cartagena estaba condenada.
Tan convencidos estaban los británicos de su victoria que llegaron a acuñar medallas conmemorativas anticipando la derrota española. En algunas de ellas aparecía Vernon recibiendo la rendición de un Blas de Lezo arrodillado.
Hay pocas imágenes que expliquen mejor la diferencia entre la propaganda y la historia.
Porque Blas de Lezo nunca se arrodilló ante Vernon.
Fueron los sueños imperiales británicos los que terminaron arrodillándose ante las defensas de Cartagena.
Con inteligencia, aprovechando las fortificaciones, el terreno, las enfermedades que castigaron duramente al ejército atacante y cada uno de los escasos recursos disponibles, los defensores consiguieron convertir aquello que parecía una victoria segura británica en un desastre.
Vernon terminó retirándose.
Cartagena de Indias siguió siendo española.
Y con ella permaneció en pie una parte esencial del sistema defensivo de la América española.
Por eso, cuando recordamos a Blas de Lezo no estamos recordando solamente una batalla.
Estamos recordando una civilización.
Porque aquella victoria contribuyó a preservar durante décadas la presencia española en buena parte de América y, con ella, una herencia cultural que sobrevivió incluso a la propia Monarquía Hispánica.
Más de dos siglos después, en Cartagena se sigue hablando español.
Se habla español en Colombia, México, Perú, Argentina, Chile y en la inmensa mayoría del continente americano. Centenares de millones de seres humanos compartimos una lengua, una historia y una cultura que ningún océano ha conseguido separar completamente.
Naturalmente, sería exagerado afirmar que todo ello depende exclusivamente de una batalla o de un solo hombre. La historia nunca es tan sencilla. Pero resulta igualmente absurdo negar la trascendencia que tuvo Cartagena de Indias en la conservación del poder español en América.
Y allí estuvo Blas de Lezo.
Un vasco defendiendo una ciudad americana bajo la bandera de España.
Quizá esa imagen sea todavía más necesaria en nuestros días.
Porque nos recuerda la España que fuimos.
No una España perfecta. Nunca existieron países perfectos ni imperios perfectos. Pero sí una España consciente de sí misma. Una nación que sabía que tenía intereses que defender, fronteras que proteger, compatriotas a los que amparar y una civilización que transmitir.
España entonces podía despertar temor entre sus enemigos, pero también respeto.
Hoy demasiadas veces parece ocurrir exactamente lo contrario.
Y resulta inevitable pensar en Ceuta.
Mientras recordamos a aquellos hombres capaces de enfrentarse a fuerzas inmensamente superiores para defender una plaza española al otro lado del océano, contemplamos gobiernos que parecen necesitar pedir permiso hasta para defender nuestras propias fronteras.
Aquellos hombres defendieron Cartagena con uñas y dientes.
Hoy discutimos incluso sobre cómo debemos llamar a quienes violentan nuestras fronteras.
Aquellos españoles sabían perfectamente quiénes eran.
Nosotros parecemos obligados permanentemente a pedir perdón por serlo.
Ese es el drama.
No necesitamos conquistar nada. No necesitamos reconstruir ningún imperio. No necesitamos vivir anclados en el siglo XVIII.
Necesitamos recuperar algo mucho más sencillo: la dignidad de una nación que se respeta a sí misma.
Porque ningún país será respetado fuera si primero no se respeta dentro.
Blas de Lezo representa precisamente eso.
Representa el deber.
Representa el sacrificio.
Representa la lealtad.
Representa también una Hispanidad que no puede entenderse únicamente mediante mapas políticos actuales. Porque las fronteras cambiaron, pero permanecieron la lengua, la cultura, una determinada concepción del mundo y una herencia cristiana que atravesó generaciones.
Y representa otra enseñanza especialmente incómoda para quienes llevan décadas intentando convertir España en una suma de identidades enfrentadas.
Blas de Lezo era vasco.
No "a pesar de" ser vasco.
Era vasco y español.
Nació en Guipúzcoa y murió después de defender Cartagena de Indias.
Pocas biografías desmontan con tanta sencillez determinadas falsificaciones contemporáneas.
La historia de España está llena de vascos, catalanes, gallegos, castellanos, andaluces, navarros, valencianos, asturianos, canarios... que construyeron juntos una de las mayores empresas políticas y culturales que ha conocido la humanidad.
Blas de Lezo no preguntaba qué podía sacar personalmente de España.
Se preguntaba qué debía hacer por ella.
Y lo hizo hasta las últimas consecuencias.
Murió en Cartagena en septiembre de 1741, pocos meses después de aquella victoria extraordinaria. Ni siquiera recibió inmediatamente el reconocimiento que merecía. Durante demasiado tiempo su figura permaneció muy por debajo del lugar que le correspondía en nuestra memoria nacional.
Quizá porque España tiene una extraña facilidad para olvidar a quienes la hicieron grande.
Y por eso debemos recordarlo.
A él y a tantos otros cuyos nombres jamás conoceremos.
A los soldados que murieron defendiendo murallas.
A los marineros que desaparecieron en mares lejanos.
A quienes cruzaron océanos sin saber si regresarían.
A quienes defendieron España, la Hispanidad, nuestra lengua y su fe sin esperar una estatua, una calle ni un libro de historia.
Los grandes hombres aparecen en los libros.
Los pueblos los construyen también los anónimos.
Y detrás de Blas de Lezo hubo miles.
Cuando contemplo la España actual y recuerdo aquella España, siento inevitablemente una mezcla de orgullo y tristeza.
Orgullo por saber de dónde venimos.
Tristeza por comprobar hasta qué punto algunos quieren que olvidemos quiénes somos.
Pero precisamente por eso personajes como Blas de Lezo son imprescindibles.
Porque mientras permanezca su memoria, permanecerá también la prueba de que España fue capaz de producir hombres así.
No necesitamos otro Blas de Lezo para conquistar territorios.
Necesitamos muchos Blas de Lezo para recuperar dignidad, confianza, sentido del deber y amor a España.
Hombres y mujeres capaces de comprender que una nación no se hereda simplemente de nuestros padres: también se toma prestada de nuestros hijos.
Blas de Lezo entregó una pierna, un ojo, un brazo y finalmente su vida.
Nosotros tenemos una obligación infinitamente más sencilla.
Recordarlo.
Pronunciar su nombre.
Contar su historia.
Y enseñar a nuestros hijos que hubo una época en la que un vasco nacido en Pasajes podía encontrarse a miles de kilómetros de su casa, frente a una fuerza inmensamente superior, defendiendo una ciudad de América y saber perfectamente por qué estaba allí.
Por España.
Por la Hispanidad.
Por una historia común.
Por una fe.
Y por quienes vendrían después.
Más de doscientos ochenta años después de Cartagena de Indias, el viejo Mediohombre continúa recordándonos algo que jamás deberíamos haber olvidado:
Las naciones comienzan a desaparecer mucho antes de perder sus fronteras. Comienzan a desaparecer cuando dejan de creer que merece la pena defenderlas.
Por eso hoy, más que nunca, debemos decirlo con orgullo:
Gracias, Blas de Lezo.
España todavía te debe mucho.