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La historia que no quieren contar de la Sección Femenina

La historia que no quieren contar de la Sección Femenina
por Javier Garcia Isac
2 de octubre de 2026 a las 07:15
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La opinión de Javier García Isac

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Hay una forma muy sencilla de falsificar la historia sin necesidad de inventar absolutamente nada: basta con contar únicamente aquello que interesa y silenciar todo lo demás.

Eso es, en buena medida, lo que ha ocurrido con la Sección Femenina.

Durante décadas se ha construido una caricatura según la cual aquellas mujeres fueron poco menos que figurantes de una España en blanco y negro, dedicadas exclusivamente a enseñar a cocinar, coser y obedecer al marido. Se repiten determinadas frases, se seleccionan fotografías y se juzga a mujeres que vivieron hace ochenta años conforme a los parámetros sociales de 2026.

Pero casi nunca se cuentan los números.

Y los números tienen la desagradable costumbre de estropear algunos relatos.

La Sección Femenina llegó a contar con mujeres que desempeñaron responsabilidades en Cortes, ayuntamientos, diputaciones, consejos provinciales y locales y estructuras sindicales. Hubo ocho procuradoras en Cortes en la última etapa del régimen, pero también decenas de alcaldesas, centenares de concejalas y miles de mujeres ocupando responsabilidades públicas y sindicales.

Todo ello en una época en la que la presencia femenina en las instituciones políticas era todavía reducida no solamente en España, sino en buena parte de Europa.

¿Significa eso que aquella España era la Arcadia de la igualdad entre hombres y mujeres? Evidentemente no. Sería tan absurdo afirmarlo como negar que la Sección Femenina proporcionó a muchas mujeres espacios de formación, responsabilidad y participación pública que anteriormente les habían resultado mucho más difíciles de alcanzar.

La historia es bastante más complicada que una pancarta.

La Sección Femenina nació en 1934, todavía durante la Segunda República, de la mano de un grupo de mujeres vinculadas a Falange y encabezadas por Pilar Primo de Rivera, hermana de José Antonio Primo de Rivera. Pilar permanecería al frente de la organización desde su nacimiento hasta su desaparición en 1977.

Y detenerse en Pilar resulta imprescindible.

Porque pocas mujeres de nuestra historia contemporánea han sido juzgadas tantas veces sin haber sido estudiadas previamente.

Pilar Primo de Rivera compartió desde muy pronto las ideas políticas de su hermano José Antonio. Después de su asesinato en Alicante en noviembre de 1936, mantuvo hacia él una fidelidad política, personal y sentimental que conservaría durante toda su vida. Para comprender a Pilar hay que comprender esa relación entre hermanos y la dimensión casi de mandato moral que para ella adquirió preservar el legado joseantoniano.

No fue simplemente «la hermana de José Antonio».

Fue una mujer con una enorme capacidad organizativa que permaneció más de cuarenta años al frente de una organización extendida por toda España. Y esto puede gustar más o menos, pero resulta difícilmente compatible con la caricatura de una mujer pasiva, recluida y sin participación pública.

Ahí reside precisamente una de las grandes contradicciones que algunos prefieren no abordar.

La Sección Femenina defendía un concepto tradicional de familia y sostenía diferencias entre la función social del hombre y de la mujer. Pilar lo expresó públicamente incluso cuando defendió en las Cortes la Ley de Derechos Políticos, Profesionales y de Trabajo de la Mujer de 1961: no pretendía presentar aquello como una reivindicación feminista moderna, sino como una cuestión de justicia para las mujeres trabajadoras.

Podremos estar de acuerdo o no.

Pero ése era su pensamiento y no el que ahora queramos adjudicarle.

Y, al mismo tiempo, aquellas mujeres salían de sus casas, recorrían España, organizaban centros, enseñaban, practicaban y promovían el deporte, desempeñaban tareas sanitarias y asistenciales, llegaban al mundo rural, preservaban tradiciones y ocupaban responsabilidades administrativas.

La propia evolución de las Cortes resulta reveladora. Durante años la representación femenina fue escasísima, pero fue creciendo. En la décima legislatura llegaron a ser ocho procuradoras y participaron en comisiones relacionadas con Educación, Gobernación, Vivienda, Agricultura, Trabajo, Industria, Leyes Fundamentales, Información y Turismo o Asuntos Exteriores.

¿Dónde queda entonces la imagen de unas mujeres dedicadas exclusivamente a permanecer en la cocina?

También existe otro legado que personalmente considero extraordinariamente importante: la conservación de nuestras tradiciones.

Los Coros y Danzas de la Sección Femenina recorrieron España recuperando bailes, canciones, indumentarias y costumbres populares. En aldeas y pueblos donde buena parte de aquel patrimonio se transmitía todavía de padres a hijos, hubo mujeres que recogieron y conservaron una parte de la memoria cultural española.

Lo español no significaba entonces uniformidad.

Una jota aragonesa, una muñeira gallega, una sardana catalana o un baile andaluz podían ser profundamente distintos y seguir formando parte de una misma nación. Esa diversidad cultural fue recopilada, enseñada y difundida durante años por la Sección Femenina.

También desarrolló una enorme actividad en el mundo rural, en la formación, en la educación física femenina, en la puericultura, en la higiene y en la asistencia social.

Naturalmente hubo sombras, errores y planteamientos propios de una época que hoy nos resultan lejanos. Como los encontraremos en cualquier organización política del siglo XX si tenemos la paciencia de estudiarla completa.

Lo que no podemos hacer es aplicar una memoria selectiva.

Porque además existe un dato especialmente incómodo para quienes han convertido la historia de la mujer española en una línea recta que aparentemente comienza con el feminismo contemporáneo.

Las mujeres españolas existían antes.

Trabajaban antes.

Estudiaban antes.

Asumían responsabilidades antes.

Y algunas, muchas, participaron activamente en la vida pública desde instituciones vinculadas a un régimen que hoy puede ser criticado sin necesidad de falsificar todo cuanto ocurrió durante aquellos cuarenta años.

Quizá por eso espero con especial interés el próximo libro de María José Ibáñez Rodríguez dedicado precisamente a la Sección Femenina.

María José, nacida en Barcelona, licenciada en Filología Española por la Universidad de Barcelona y profesora de Lengua y Literatura en la Función Pública, lleva años compaginando enseñanza, estudio y escritura. Ha cultivado la narrativa, la prosa, el artículo y el ensayo, y ahora ha decidido acercarse a una página de nuestra historia que merece ser estudiada sin complejos.

Y falta hace.

Porque recuperar nuestra historia no significa necesariamente compartir todas las ideas de quienes la protagonizaron. Significa algo mucho más elemental: negarse a que nos la mutilen.

Quiero conocer a aquellas mujeres.

Quiero saber qué pensaban, qué hicieron, qué consiguieron y también dónde se equivocaron. Quiero conocer a Pilar Primo de Rivera más allá de cuatro frases seleccionadas para ridiculizarla. Quiero saber por qué miles de mujeres siguieron aquel proyecto y qué dejó la Sección Femenina después de más de cuatro décadas de existencia.

Después sacaré mis propias conclusiones.

Por eso estaremos muy atentos al libro de María José Ibáñez Rodríguez.

Porque un país que permite que le borren su pasado termina aceptando que otros le escriban su presente.

Y porque aquellas mujeres, con sus convicciones, sus aciertos, sus contradicciones y su entrega, también fueron España.

Y nadie tiene derecho a arrancarlas de nuestra historia.


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