Ahora resulta que tenemos que tener miedo a Rusia.
Nos despertamos cada mañana con una nueva advertencia, un nuevo análisis estratégico y un nuevo experto dispuesto a explicarnos que Moscú puede estar librando una guerra híbrida contra Europa. Francia habla de sabotajes, drones y operaciones encubiertas. Se nos invita a mirar hacia el Este, hacia Ucrania, hacia el Báltico, hacia una amenaza situada a miles de kilómetros de nuestras casas.
No seré yo quien diga que Rusia es una hermanita de la caridad ni quien niegue los riesgos existentes en el escenario europeo. Las autoridades francesas aseguran que las actividades híbridas rusas están documentadas y España, como miembro de la OTAN, mantiene compromisos militares con sus aliados.
Pero tengo una pregunta mucho más sencilla.
¿Y España?
Porque mientras nos piden que miremos obsesivamente hacia el Este, yo prefiero mirar hacia el Sur.
Y allí está Ceuta.
Allí está Melilla.
Allí están las Canarias.
Allí están nuestras fronteras.
Y allí está Marruecos.
La Audiencia Nacional ha abierto una investigación precisamente para esclarecer si lo ocurrido este verano en Ceuta pudo constituir un episodio de guerra híbrida contra España mediante la utilización de flujos migratorios. Eso no significa que exista una sentencia que responsabilice a Marruecos ni permite presentar como probado lo que todavía se investiga. Pero significa algo suficientemente importante: que la hipótesis merece ser investigada por la Justicia española.
Y mientras tanto seguimos hablando de Rusia.
España mantiene militares en el flanco oriental de la OTAN. Nuestros soldados han participado este mismo año en la Policía Aérea del Báltico y España mantiene presencia militar en Letonia y otros puntos del este europeo. Cumplimos nuestros compromisos internacionales, defendemos las fronteras de nuestros aliados y participamos en el sistema de defensa colectiva de la Alianza.
Perfecto.
Mi pregunta vuelve a ser la misma:
¿quién defiende prioritariamente las nuestras?
Porque antes de preocuparme por la frontera de Lituania me preocupa la frontera de Ceuta. Antes de preguntarme qué puede suceder en Estonia quiero saber qué está sucediendo en el Estrecho. Antes de que me expliquen por enésima vez las intenciones de Putin, quiero que el Gobierno de España me explique con absoluta claridad cuáles son las intenciones de Marruecos respecto a Ceuta, Melilla, las aguas territoriales, Canarias y el Sáhara.
Eso también es seguridad nacional.
Probablemente, para España, es la seguridad nacional más elemental.
La guerra híbrida, además, tiene precisamente esa característica: no necesita tanques atravesando una frontera. Puede servirse de la presión económica, la desinformación, la diplomacia, la energía, los movimientos migratorios o cualquier otro instrumento susceptible de desestabilizar a un Estado.
Por eso resulta imposible contemplar lo sucedido en Ceuta como si fuese simplemente un problema administrativo sobre cuántos inmigrantes corresponden a cada comunidad autónoma.
La cuestión fundamental es anterior.
¿Cómo llegaron?
¿Por qué llegaron?
¿Qué ocurrió al otro lado de la frontera?
¿Hubo organización?
¿Hubo permisividad?
¿Hubo instrumentalización?
Eso es exactamente lo que España tiene derecho a conocer.
Y mientras estas preguntas siguen esperando respuestas convincentes, el Gobierno continúa hablando de Marruecos en términos de socio estratégico.
Un socio estratégico bastante peculiar.
España parece condenada a practicar una diplomacia consistente en conceder primero y preguntar después. Con Marruecos hemos llegado a asumir que cualquier gesto de Rabat debe interpretarse con exquisita prudencia mientras cualquier reclamación española tiene que expresarse de puntillas para no molestar al vecino.
No vaya a enfadarse Marruecos.
No vaya a dejar de colaborar.
No vaya a ocurrir algo en la frontera.
Precisamente ahí está el problema.
Cuando la estabilidad de una frontera depende de que el país situado al otro lado tenga la voluntad de contener los flujos migratorios, esa dependencia constituye por sí misma una vulnerabilidad estratégica.
Y las vulnerabilidades estratégicas deberían reducirse, no maquillarse.
Sin embargo, nuestros gobernantes parecen mucho más cómodos pronunciando grandes discursos sobre amenazas situadas a miles de kilómetros que enfrentándose políticamente a los problemas que tenemos a unos cuantos metros.
Hay algo casi surrealista en todo esto.
Nos hablan de defender Europa mientras Ceuta lleva semanas soportando una crisis extraordinaria.
Nos hablan de fronteras internacionales mientras las nuestras sufren una presión enorme.
Nos hablan de guerra híbrida rusa mientras un juzgado español investiga precisamente si lo ocurrido en territorio español puede responder a esa clase de estrategia.
Y ahora aparece también el Mundial de fútbol de 2030.
Fouzi Lekjaa, presidente de la Federación marroquí de fútbol y ministro delegado encargado del Presupuesto, ya proclama que la final se jugará en el gigantesco estadio Hassan II que Marruecos está construyendo en Casablanca.
La FIFA asegura que todavía no hay ninguna decisión tomada y desde la Federación Española se sostiene exactamente lo contrario: que la final debe disputarse en España.
Por tanto, no demos por perdido lo que todavía no se ha decidido.
Pero tomemos nota.
Porque Marruecos sabe perfectamente lo que quiere.
Lo sabe en política exterior.
Lo sabe en diplomacia.
Lo sabe en inversión.
Lo sabe en influencia internacional.
Y también lo sabe en fútbol.
Marruecos juega sus cartas. El problema no es que Marruecos defienda los intereses de Marruecos. Eso es exactamente lo que hacen los Estados serios.
El problema es preguntarnos quién defiende los intereses de España.
Esa es la cuestión.
Yo quiero unas Fuerzas Armadas capaces de cumplir nuestros compromisos internacionales, naturalmente. Pero las quiero, antes que ninguna otra cosa, preparadas para defender España.
Quiero una política exterior que tenga aliados, pero que tenga también prioridades.
Quiero que España cumpla con la OTAN, pero quiero igualmente que la OTAN comprenda que nuestra frontera sur también es una frontera estratégica.
Y quiero un Gobierno que no necesite pedir permiso moral a nadie para decir algo tan elemental como que Ceuta y Melilla son España y que protegerlas constituye una obligación irrenunciable del Estado.
Nos pueden hablar de Rusia todas las mañanas.
Nos pueden enseñar mapas del Báltico.
Nos pueden explicar dónde está Kaliningrado y cuántos kilómetros separan determinadas ciudades europeas de la frontera rusa.
Está muy bien conocer el mundo.
Pero quizá convendría empezar mirando el mapa de España.
Abajo está Ceuta.
Abajo está Melilla.
Un poco más al oeste están las Canarias.
Y enfrente está Marruecos.
La seguridad nacional comienza por saber dónde están nuestras fronteras y cuáles son nuestros intereses.
Después podremos salvar el mundo.
Primero salvaguardemos España.