Ha vuelto a pasar… un AVE Madrid–Sevilla se ha comido por detrás a un Iryo que estaba parado en la vía entre Los Yébenes y Urda. Mientras escribo estas líneas se habla de más de cincuenta muertos y doscientos heridos, y la primera versión del Gobierno ya está lista: un error humano de un operador de Adif mientras el sistema principal de señalización estaba averiado. Fíjense en el orden de los factores. Primero el operador, después la avería. Primero el eslabón más débil, después el sistema.
No voy a discutir la causa técnica, que la fijarán los jueces y los peritos. Voy a hablar de lo que ya sabemos sin necesidad de ningún informe: que en España se ha vuelto a subir a un tren con miedo, y que ese miedo tiene nombre y apellidos.
Hagan la prueba. Suban a un AVE y observen a la gente cuando el tren da un tirón, cuando cruje la chapa o cuando la vibración dura un segundo más de la cuenta. Se corta la conversación. Alguien suelta una broma. Todos ríen un poco. Nadie se cree la broma. Hemos convertido en humor de supervivencia lo que hace diez años era el orgullo del país: la red de alta velocidad más segura de Europa. Eso no se pierde solo. Eso lo pierde alguien.
El 18 de enero un Iryo descarriló en Adamuz, invadió la vía contraria y se llevó por delante un Alvia lleno de gente que volvía a Huelva. Cuarenta y seis muertos. Cuatrocientos heridos. El ministro de Transportes compareció en el Senado durante siete horas, dijo que el riesgo era "cercano a cero", que la vía era nueva, que el tren era nuevo, que el accidente era "extraño". Y volvió a su despacho. Nadie dimitió. Nadie fue cesado. Nadie se quedó una noche sin dormir por una decisión que hubiera que tomar al día siguiente.
En cualquier democracia que se respete, 46 muertos bajo tu responsabilidad te cuestan el cargo esa misma semana. Si eres culpable penalmente, lo dirá un tribunal, pero la responsabilidad política se mide en decencia. En cualquier país de nuestro entorno, el responsable habría puesto el cargo encima de la mesa y habría dejado que otro gestionara el duelo. Aquí no. Aquí se eligió Twitter.
Y ese fue el error que hoy pagamos. Porque la impunidad no deja al responsable donde estaba: lo transforma. Un gestor al que 46 muertos no le cuestan ni una disculpa pública aprende una lección muy sencilla: que no hay precio. Que puede seguir tuiteando entre doce y veinte veces al día, insultando a jueces, a periodistas y a cualquiera que le pregunte en un andén, porque nadie le va a tocar. La soberbia no es un rasgo de carácter. Es un síntoma de que el sistema de rendición de cuentas se ha roto.
Hace una semana la Secta colgó el anuncio de la entrevista del ministro en el programa de Marc Giró. El ministro se sube a un ascensor con el presentador, el ascensor se para en seco y él, móvil en mano, suelta: "Como si no tuviéramos bastante con la Renfe ya". Risas. Y acto seguido, baile. Un baile de celebración, de hombre feliz, con nueve meses de retraso respecto a 46 funerales.
La asociación de víctimas de Adamuz lo llamó mofa. Yo encuentro una palabra mejor, pero es demasiado malsonante. No es que un ministro no pueda ir a un programa de entretenimiento; es que un ministro con 46 muertos encima de la mesa no puede hacer chistes sobre lo que los mató. No hace falta ser una lumbrera para entenderlo. Hace falta, simplemente, tener a alguien a quien se le haya muerto un hijo en un tren y pensar un segundo en esa persona antes de arrancarse a bailar.
Esa escena vale más que cualquier comparecencia parlamentaria, porque es la única en la que el ministro no estaba leyendo un papel. Ahí estaba él tal cual es: convencido de que nada de esto va con él. Y seis días después, hoy, otro medio centenar de familias se han levantado con una llamada que no se olvida en toda una vida.
Sabemos que no puede pisar la calle sin escolta. Sabemos que lo abuchean donde va. No es suficiente. El abucheo es desahogo, no es consecuencia. La consecuencia, en una democracia, solo se produce en un sitio, y ese sitio se llama urna.
Me dicen que señalar al votante es sectario. Que divide. Que enfrenta. Me parece una excusa cobarde, y les explico por qué.
Yo respeto a quien es de izquierdas. Lo digo sin ironía. Puedes creer en más impuestos y más Estado, puedes tener la religión que quieras o ninguna, puedes vivir y amar como te dé la gana, y jamás me verás intentar convencerte de lo contrario. Eso es pluralidad y sin ella no hay país. La cosa no va de eso.
Va de algo mucho más elemental. Si el 29 de noviembre tú vas a votar a quienes contaban los muertos por decenas en las vías y no asumieron ni una sola responsabilidad; a quienes vieron arder media España con unas leyes que impiden limpiar el monte; a quienes gestionaron la DANA como gestionaron todo lo demás; a quienes tenían en ese mismo ministerio a un antecesor hoy procesado por gastarse el dinero público en putas y coca; a quienes han renunciado a controlar nuestras fronteras; a quienes llenan la administración de chiringuitos mientras las vías se pudren… entonces tú no estás votando a la izquierda. Estás votando a quienes me hacen daño a mí, al futuro de mi país y, por tanto, a mis hijas. Y ahí se acabó el respeto a la discrepancia, porque eso ya no es una idea: es una complicidad. Si tocas a mis hijas, te las ves conmigo.
No te pido que cambies de bando. Te pido que no me cuentes que tienes miedo cada vez que subes a un tren, que bromees sobre las vibraciones conmigo en la cafetería, y que luego vayas a renovarle el contrato al que te lo provoca. Eso no es ideología. Eso es no estar ciego, tonto, o las dos.
Hay una frase que se repite estos días con tono de resignación: "es que ya no nos sorprende nada". Pues ese es exactamente el problema. Cuando una sociedad deja de sorprenderse de que mueran cincuenta personas en un tren, ha aceptado que eso forma parte del paisaje. Y lo que forma parte del paisaje no se arregla.
Por eso hoy no escribo sobre señalización ni sobre protocolos. Escribo sobre nosotros. Sobre la gente que esta noche se sentará a cenar, comentará el accidente, dirá "qué horror" y dentro de un mes meterá en la urna la papeleta de quienes lo hicieron posible. A esa gente no le voy a dar la mano como si nada. Les voy a decir a la cara que son parte de esto. Sin gritar, sin insultar, pero sin bajar el dedo.
En un país decente, esta gente ya no estaría en el Gobierno y algunos estarían explicándose ante un juez. En el nuestro, de momento, siguen bailando en televisión. La diferencia entre un país y otro no la marca el ministro. La marca lo que hagamos nosotros cuando nos pregunten.
Mañana volveremos a subir a un tren. Volverá el tirón, el crujido, la broma nerviosa. Y en ese silencio de un segundo, mientras el vagón decide si sigue o no.
Recuerden que esa suerte no la echamos nosotros. La echan ellos. Y les dejamos. Mi mas sentido pésame a los familiares de las víctimas. Con ellos y con todos los que somos afectados de este desastre de gobierno. Tenemos que estar más unidos que nunca.