Hubo un tiempo, no demasiado lejano, en que pensamos que habíamos ganado. Que la libertad había ganado. Que el comunismo había perdido definitivamente la batalla de la historia.
Fue una hermosa ingenuidad.

La opinión de Javier García Isac
Hubo un tiempo, no demasiado lejano, en que pensamos que habíamos ganado. Que la libertad había ganado. Que el comunismo había perdido definitivamente la batalla de la historia.
Fue una hermosa ingenuidad.
El 3 de octubre de 1990, Alemania volvió a ser una. Cuarenta y cinco años después del final de la Segunda Guerra Mundial y tras más de cuatro décadas de división, desaparecía aquella frontera que había separado no solamente un país, sino dos concepciones radicalmente distintas del hombre y de la sociedad. La República Democrática Alemana dejaba de existir y sus territorios se incorporaban a la República Federal. Un día después se reunió el primer Bundestag de la Alemania unificada.
Pero para comprender aquella jornada hay que regresar unos meses atrás.
Hay que recordar el 9 de noviembre de 1989, cuando cayó el Muro de Berlín. Durante veintiocho años aquel muro había sido la cicatriz de Europa, la prueba física de algo que algunos intelectuales occidentales se empeñaban en relativizar: que cuando el comunismo necesitaba impedir que sus ciudadanos escapasen, levantaba muros, colocaba alambradas y vigilaba fronteras.
No se construyó el Muro para impedir que los occidentales entrasen en la Alemania comunista. Se levantó para impedir que los alemanes del Este huyeran de ella.
Cuando finalmente cayó, miles de personas se abrazaron encima de aquellos bloques de hormigón. Familias separadas volvieron a encontrarse. Los alemanes orientales pasaron libremente al otro lado. La propia Unión Europea recuerda que aquel 9 de noviembre la frontera entre el Este y el Oeste se abrió por primera vez en veintiocho años.
Y entonces comenzaron a escucharse unas palabras que deberían seguir estremeciendo a cualquiera que comprenda lo que significa una nación: “Wir sind ein Volk”, somos un pueblo.
Las manifestaciones que habían comenzado reclamando libertad terminaron reclamando también unidad nacional. El Bundestag recuerda cómo aquel lema empezó a escucharse ya en las manifestaciones de noviembre de 1989.
Porque Alemania seguía siendo Alemania.
Podían haber levantado un muro en mitad de Berlín. Podían haber creado dos Estados. Podían haber impuesto durante décadas dos sistemas políticos, dos economías y dos ejércitos. Pero no habían conseguido fabricar dos pueblos.
Y eso es precisamente lo que algunos parecen haber olvidado hoy: las naciones no son simplemente administraciones. Son historia, cultura, lengua, memoria, afectos y conciencia de pertenencia.
El día en que cayó una dictadura
La reunificación alemana fue mucho más que una modificación territorial.
Fue la consecuencia de la derrota histórica del comunismo europeo.
La primera Volkskammer libremente elegida decidió la incorporación de la RDA a la República Federal. El proceso se produjo mediante acuerdos políticos, parlamentarios y diplomáticos, incluida la negociación conocida como Dos más Cuatro, entre las dos Alemanias y las cuatro antiguas potencias ocupantes. El 31 de agosto de 1990 se firmó el Tratado de Unificación y el 3 de octubre la unidad alemana se convirtió definitivamente en realidad.
Aquello parecía cerrar definitivamente el siglo de los totalitarismos europeos.
Nos equivocamos en algo.
Pensamos que derrotado el comunismo como sistema político, quedarían también desacreditadas para siempre muchas de sus ideas sobre la sociedad, la libertad individual, la propiedad, la nación o la historia.
Creímos que bastaba con derribar el muro.
Y los muros físicos pueden derribarse en una noche. Los ideológicos son bastante más resistentes.
La gran esperanza europea
Recuerdo aquella Europa con cierta nostalgia.
La Europa de 1990 parecía caminar hacia un futuro de naciones libres que cooperaban entre sí. Una Europa orgullosa de haber derrotado los totalitarismos, consciente de sus raíces y esperanzada ante la posibilidad de recuperar definitivamente a los pueblos que durante décadas habían permanecido sometidos detrás del Telón de Acero.
Había motivos para la esperanza.
Polonia recuperaba su libertad. Checoslovaquia abandonaba el comunismo. Hungría abría sus fronteras. Alemania se reunificaba. Poco después desaparecería la propia Unión Soviética.
Parecía que Europa volvía a encontrarse consigo misma.
Treinta y seis años después conviene preguntarse cuánto queda de aquella ilusión.
Porque mientras contemplábamos cómo desaparecían las fronteras interiores de Alemania, quizá no advertimos que comenzaba otro proceso completamente diferente: la progresiva transferencia de competencias desde las naciones europeas hacia instituciones supranacionales.
Dos años después de la reunificación llegaría Maastricht y la creación formal de la Unión Europea, concebida como una etapa adicional de integración. El propio tratado expresaba el objetivo de continuar el proceso hacia una unión cada vez más estrecha entre los pueblos europeos.
Y aquí comienza mi discrepancia con el camino recorrido.
Una cosa es Europa y otra muy diferente determinada concepción de la Unión Europea.
Yo creo en Europa precisamente porque creo en sus naciones.
Creo en Alemania siendo Alemania, Francia siendo Francia, Italia siendo Italia y España siendo España.
Europa no necesita borrar esas identidades para existir. Son precisamente esas identidades las que la hicieron existir.
Cambiamos un peligro visible por otro mucho más difícil de identificar
Durante la Guerra Fría sabíamos dónde estaba el adversario ideológico.
Existía la Unión Soviética. Existía el Pacto de Varsovia. Existía la Alemania Oriental. Existía un Muro de Berlín.
El mapa permitía distinguir perfectamente dónde comenzaba un sistema y dónde terminaba el otro.
Hoy la batalla cultural es mucho más difusa.
No existe un muro que podamos fotografiar. No existen soldados soviéticos vigilando Checkpoint Charlie. Pero existe, a mi juicio, una poderosa corriente ideológica transnacional que contempla con recelo conceptos como nación, tradición, familia, identidad, soberanía o fronteras.
Es lo que muchos denominan globalismo y lo que otros han llamado marxismo cultural. Son términos discutidos y utilizados de maneras diferentes, pero describen, para quienes los empleamos críticamente, una transformación que ya no pretende nacionalizar fábricas ni instaurar necesariamente economías soviéticas, sino modificar las referencias culturales sobre las que se construyeron nuestras sociedades.
Y eso explica una paradoja extraordinaria.
Ganamos la Guerra Fría, pero no necesariamente la batalla cultural posterior.
Occidente contempló la caída del comunismo convencido de que la libertad se había impuesto definitivamente. Y mientras celebrábamos nuestra victoria dejamos de defender muchas de las ideas que habían hecho posible aquella victoria.
La libertad.
La responsabilidad individual.
La familia.
La nación.
Nuestra herencia cultural.
Nuestra historia.
Nuestras fronteras.
Incluso el derecho a sentir orgullo por lo que somos.
Alemania como advertencia
Por eso merece la pena recordar cada 3 de octubre.
No solamente para celebrar la reunificación alemana, que merece ser celebrada, sino para preguntarnos qué hemos hecho con aquella victoria.
Los alemanes orientales no salieron a las calles para sustituir una burocracia por otra. No derribaron el Muro para que unas décadas después alguien les explicase que las naciones son realidades sospechosas que deben ir diluyéndose progresivamente.
Querían libertad.
Y querían volver a ser un solo pueblo.
La historia de la reunificación alemana debería servir precisamente para recordar la fuerza extraordinaria de la identidad nacional. La RDA había tenido más de cuarenta años para crear una identidad política independiente. Tenía bandera, Gobierno, Ejército, policía, moneda e instituciones.
Y no fue suficiente.
Cuando tuvieron libertad para decidir, millones de alemanes volvieron la mirada hacia el resto de Alemania.
La nación había sobrevivido al Estado.
Aquel octubre de 1990
Por eso contemplo las fotografías del 3 de octubre de 1990 con una mezcla de alegría y melancolía.
Alegría porque aquel fue uno de los grandes días de la Europa contemporánea.
Melancolía porque pudimos construir mucho más sobre aquella victoria.
Podíamos haber levantado una Europa de naciones orgullosas, soberanas, libres y cooperantes. Una Europa consciente de que había derrotado dos grandes totalitarismos durante el siglo XX y decidida a no volver a experimentar jamás con la libertad de sus ciudadanos.
Podíamos haber construido una Europa que protegiera sus fronteras exteriores mientras garantizaba la cooperación interior.
Una Europa orgullosa de su civilización.
Una Europa que no pidiera perdón permanentemente por existir.
Una Europa que entendiera que la diversidad verdadera consiste precisamente en que España siga siendo España, Alemania siga siendo Alemania, Polonia siga siendo Polonia e Italia siga siendo Italia.
Eso era perfectamente compatible con comerciar, viajar, colaborar y prosperar juntos.
Quizá todavía estemos a tiempo.
Porque hay algo que nos enseñaron precisamente aquellos alemanes que derribaron el Muro: ningún sistema político es eterno cuando los ciudadanos dejan de creer en él.
El 3 de octubre de 1990 dos Alemanias volvieron a convertirse en una.
Aquel día creímos que habíamos ganado definitivamente.
Habíamos ganado una batalla gigantesca, desde luego. Había desaparecido una dictadura y millones de europeos recuperaban la libertad.
Pero confundimos una victoria con el final de la historia.
Treinta y seis años después sabemos que la libertad nunca se conquista definitivamente. Hay que defenderla todos los días.
Y quizá la mejor manera de celebrar la reunificación alemana no sea únicamente recordar la caída del muro que dividía Berlín.
Quizá sea preguntarnos qué otros muros ideológicos hemos permitido levantar desde entonces dentro de nuestras propias sociedades.
Porque el Muro de Berlín cayó.
El comunismo soviético desapareció.
Alemania volvió a ser una.
La gran cuestión que queda pendiente es si aquella Europa que recuperó la libertad en 1989 y 1990 sabrá también recuperar algún día la confianza en sí misma.