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El Cid: cuando hasta los muertos tenían más liderazgo

El Cid: cuando hasta los muertos tenían más liderazgo
por Javier Garcia Isac
28 de octubre de 2026 a las 07:15
opinion

La opinión de Javier García Isac

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Hay hombres que mueren.

Y hay hombres que, después de muertos, comienzan a convertirse en leyenda.

Rodrigo Díaz de Vivar pertenece a los segundos.

Cuenta la tradición que, muerto ya el Cid en Valencia, su cuerpo fue vestido con sus armas, colocado sobre Babieca y presentado ante sus enemigos. Al contemplarlo cabalgando nuevamente al frente de los suyos, los musulmanes habrían huido aterrorizados.

El Cid ganaba así su última batalla.

Después de muerto.

La historia es magnífica.

Probablemente demasiado magnífica para ser cierta.

No existe base histórica suficiente para considerar aquel episodio un hecho real. Pertenece a la construcción legendaria que durante siglos fue creciendo alrededor de Rodrigo Díaz de Vivar. El Cid histórico murió en Valencia en 1099 y su viuda, Jimena, consiguió mantener la ciudad durante algún tiempo hasta que finalmente fue evacuada en 1102.

Pero las leyendas también dicen cosas.

No necesariamente sobre aquello que ocurrió.

A veces dicen algo todavía más interesante:

nos cuentan cómo un pueblo quiso recordar a alguien.

Y los españoles decidieron recordar al Cid como un hombre al que ni siquiera la muerte conseguía derrotar.

No está mal como epitafio.

Especialmente en estos tiempos.

Cuarte

El 21 de octubre de 1094 tuvo lugar una de las grandes victorias militares de Rodrigo Díaz.

Valencia estaba en sus manos desde junio.

Los almorávides querían recuperarla.

Un importante ejército dirigido por Muhammad ibn Tasufin, sobrino del emir Yusuf ibn Tasufin, llegó hasta las inmediaciones de la ciudad y la sometió a sitio.

Rodrigo tenía delante un enemigo superior.

Podía esperar.

Podía encerrarse.

Podía confiar en que las murallas resistieran.

Hizo exactamente lo contrario.

Atacó.

Y además lo hizo utilizando aquello que diferencia muchas veces al jefe del simple administrador:

audacia.

El Cid preparó una maniobra destinada a desorganizar al enemigo. Parte de sus fuerzas atacaría mientras otra maniobra inducía a los almorávides a creer que estaban llegando refuerzos. El ataque sobre la retaguardia y el campamento enemigo terminó provocando su desbandada.

La batalla de Cuarte, el 21 de octubre de 1094, fue posiblemente la victoria militar más importante del Cid y una de las primeras grandes derrotas de los almorávides frente a un ejército cristiano en la Península. Permitió asegurar el dominio cristiano de Valencia y frenó durante años el avance almorávide en aquella zona.

No estamos hablando, por tanto, solamente de literatura.

Antes del mito estuvo el hombre.

Antes del Cantar estuvo Rodrigo.

Antes de la estatua estuvo el guerrero.

Y ésa es precisamente una de las razones por las que el personaje continúa fascinándonos casi mil años después.

Ni santo ni personaje de dibujos animados

Con el Cid hemos cometido uno de nuestros errores nacionales favoritos.

Convertir la historia en una pelea ideológica contemporánea.

Unos necesitan presentarlo como la encarnación perfecta de España.

Otros parecen empeñados en demostrar que prácticamente no existió el hombre que durante siglos hemos conocido.

Ninguna de las dos cosas ayuda demasiado.

Rodrigo Díaz fue un hombre del siglo XI.

No del XXI.

Combatió contra musulmanes.

Combatió contra cristianos.

Sirvió a señores.

Fue desterrado.

Estableció alianzas que hoy pueden resultar sorprendentes.

Actuó durante determinados periodos con enorme autonomía.

Fue un caudillo militar de su época, con todas las contradicciones de su época.

El propio Museo de Historia de Valencia recuerda esa complejidad: tras sus desencuentros con Alfonso VI, llegó a actuar prácticamente como un poder independiente en Levante, hasta conquistar Valencia en 1094.

No necesitamos falsificar nada.

Porque el personaje histórico ya es suficientemente extraordinario.

Ganó Valencia.

Derrotó a enemigos cristianos y musulmanes.

Venció a los almorávides en Cuarte.

Volvió a derrotarlos en Bairén en 1097.

Y consiguió construir alrededor de su persona una reputación militar que sobrevivió a su propia vida. La historiografía militar destaca precisamente sus éxitos extraordinarios en batallas campales y su capacidad para imponerse a enemigos muy diferentes.

Después llegó la literatura.

Y ocurrió algo maravilloso.

Rodrigo Díaz comenzó a convertirse en el Cid.

Un pueblo necesita héroes

Hoy pronunciamos la palabra héroe casi con vergüenza.

Parece demasiado antigua.

Demasiado épica.

Demasiado masculina.

Demasiado incómoda para una sociedad que lleva décadas especializándose en derribar estatuas mientras construye ídolos que duran quince minutos.

Pero los pueblos necesitan héroes.

No porque los héroes sean perfectos.

Precisamente porque no lo son.

Los necesitan porque encarnan determinadas virtudes que una sociedad considera dignas de admiración.

Valor.

Lealtad.

Sacrificio.

Inteligencia.

Fortaleza.

Capacidad de mando.

Voluntad.

El Cid terminó representando todo eso.

El Cantar de mio Cid, compuesto más de un siglo después de su vida, convirtió sus peripecias en materia épica y contribuyó decisivamente a la construcción del personaje que atravesaría los siglos.

Y entonces apareció la leyenda.

La espada.

Babieca.

Jimena.

El destierro.

La honra perdida.

La honra recuperada.

Y finalmente la imagen definitiva:

el Cid cabalgando después de muerto.

¿Por qué inventar algo así?

Porque probablemente sus contemporáneos y las generaciones posteriores comprendieron una verdad que nosotros estamos olvidando.

Hay líderes cuya presencia da valor.

Y hay líderes cuya ausencia produce miedo.

El Cid terminó convertido en el primero.

Hasta su cadáver debía servir para que los hombres mantuvieran la posición.

¿Dónde están ahora?

Y aquí es donde aquella historia de hace casi mil años deja de ser una curiosidad medieval.

Miro alrededor.

Miro España.

Miro Europa.

Y me hago una pregunta:

¿dónde están nuestros líderes?

No hablo únicamente de políticos.

Hablo de liderazgo.

De personas capaces de ponerse delante.

De asumir responsabilidades.

De decir algo impopular porque creen que es necesario.

De aceptar que mandar significa también responder cuando las cosas salen mal.

Vivimos rodeados de dirigentes.

Pero liderazgo y cargo no son necesariamente la misma cosa.

Tenemos presidentes.

Ministros.

Secretarios generales.

Presidentes autonómicos.

Comisarios.

Directores.

Asesores.

Portavoces.

Jefes de gabinete.

Ejércitos enteros de personas con tarjeta de visita.

Pero encontrar un líder resulta bastante más difícil.

Porque el dirigente contemporáneo demasiadas veces no pregunta:

«¿Qué debo hacer?»

Pregunta:

«¿Qué dicen las encuestas?»

No pregunta:

«¿Qué necesita España?»

Pregunta:

«¿Cómo afectará esto a mi electorado?»

No pregunta:

«¿Cuál es mi deber?»

Pregunta:

«¿Qué dirán mañana las redes sociales?»

Hemos sustituido liderazgo por comunicación.

Carácter por relato.

Convicciones por estrategia.

Y estadistas por administradores de encuestas.

El Cid salió de Valencia para enfrentarse a un ejército que podía derrotarlo.

Hoy algunos de nuestros dirigentes necesitan tres estudios demoscópicos antes de decidir el color de una corbata.

Puede parecer una comparación exagerada.

Naturalmente que lo es.

Estamos comparando el siglo XI con el XXI.

Pero precisamente por eso resulta útil.

No necesitamos dirigentes medievales.

Necesitamos algo de aquello que hemos perdido.

Determinación.

Mandar es ponerse delante

Existe una diferencia fundamental entre autoridad y liderazgo.

La autoridad puede concederla un decreto.

El liderazgo hay que ganárselo.

Puedes nombrar a alguien general.

No puedes nombrarlo valiente.

Puedes nombrarlo ministro.

No puedes nombrarlo estadista.

Puedes convertirlo en presidente mediante una votación.

Pero ninguna votación garantiza que posea grandeza.

La grandeza se demuestra cuando llegan las dificultades.

Ahí aparecen los líderes.

Cuando la situación es fácil, cualquiera administra.

Cuando todo funciona, cualquiera pronuncia discursos.

Cuando las encuestas sonríen, cualquiera parece Churchill.

La pregunta es qué haces cuando las murallas están rodeadas.

Cuando el enemigo parece superior.

Cuando tus hombres dudan.

Cuando existe la posibilidad real de perder.

Entonces descubres quién manda.

Cuarte nos habla precisamente de eso.

Rodrigo no ganó únicamente porque tuviera buenos soldados.

Ganó porque comprendió la situación, engañó al adversario, asumió riesgos y consiguió que sus hombres creyeran que podían vencer.

Eso es liderazgo.

Conseguir que otros hagan cosas que creían imposibles.

La España acomplejada ante su propia historia

Existe además otra cuestión.

¿Por qué nos cuesta tanto reivindicar al Cid?

Los franceses no sienten la necesidad de pedir perdón antes de hablar de Juana de Arco.

Los británicos pueden recordar a Nelson.

Los italianos reivindican a sus grandes personajes históricos.

Cada nación conserva sus mitos.

Nosotros tenemos una extraña obsesión por sentar a los nuestros en el banquillo.

Antes de hablar del Cid parece obligatorio aclarar que no fue exactamente como aparece en la película.

Naturalmente.

Tampoco Aquiles fue como aparece en Homero.

Los pueblos siempre han convertido la historia en memoria.

Lo importante es saber distinguirlas.

Podemos estudiar al Rodrigo histórico y emocionarnos con el Cid legendario.

No existe contradicción.

Yo sé que probablemente no ganó ninguna batalla después de muerto.

Y, sin embargo, me encanta que durante siglos los españoles hayan querido creer que sí.

Porque esa leyenda dice mucho de nosotros.

Habla de una España que admiraba el valor.

Que necesitaba héroes.

Que transmitía historias de padres a hijos.

Que sabía que la literatura podía convertir una vida extraordinaria en un ejemplo.

Hoy probablemente intentaríamos hacerle un análisis psicológico.

O buscaríamos un tuit ofensivo escrito por Rodrigo en 1087.

Somos así.

Hemos sustituido la admiración por la sospecha.

Y una sociedad incapaz de admirar termina inevitablemente admirando cosas ridículas.

Ganar después de muerto

Pero quizá el aspecto más hermoso del Cid sea precisamente ése.

Siguió ganando después de muerto.

No literalmente.

De una manera mucho más importante.

Ganó cuando alguien escribió sus hazañas.

Ganó cuando los juglares recitaron su historia.

Ganó cuando generaciones de niños aprendieron su nombre.

Ganó cuando atravesó la literatura.

Ganó cuando Corneille lo convirtió en teatro.

Ganó cuando Hollywood contó su historia.

Ganó cada vez que alguien recorrió Castilla buscando las huellas de Rodrigo.

Ganó cuando «Cid» dejó de ser únicamente el sobrenombre de un guerrero y se convirtió en una palabra reconocible siglos después de que desapareciera el mundo que lo vio nacer.

¿Cuántos gobernantes actuales serán recordados dentro de mil años?

¿Cuántos dentro de cien?

¿Cuántos dentro de veinte?

Ésa es otra diferencia entre poder y grandeza.

El poder dura mientras alguien ocupa una silla.

La grandeza empieza algunas veces cuando la silla queda vacía.

El Cid murió hace más de nueve siglos.

Y aquí estamos.

Hablando de él.

Necesitamos volver a mirar hacia arriba

Quizá nuestra sociedad tenga un problema todavía mayor que la falta de líderes.

Hemos dejado de exigirlos.

Nos conformamos con gestores.

Con comunicadores.

Con personas capaces de sobrevivir políticamente.

Confundimos astucia con inteligencia.

Permanencia con éxito.

Popularidad con grandeza.

Pero un líder no es quien consigue mantenerse más tiempo en el poder.

Es quien deja algo cuando se marcha.

Una obra.

Una idea.

Un ejemplo.

Una nación mejor.

Una generación dispuesta a continuar.

Por eso el Cid todavía nos interpela.

No porque debamos regresar a la Edad Media.

No porque necesitemos caballos, espadas ni mesnadas.

Sino porque seguimos necesitando hombres y mujeres capaces de ponerse delante cuando los demás retroceden.

Personas que digan:

por aquí.

Y después sean las primeras en caminar.

Eso es liderazgo.

Lo era en 1094.

Y lo sigue siendo en 2026.

Cuarte, 21 de octubre

El 21 de octubre de 1094 Rodrigo Díaz salió de Valencia y derrotó al ejército almorávide que la sitiaba.

Fue una victoria real.

Histórica.

Documentada.

Cinco años después murió.

Entonces comenzó otra historia.

La historia del Cid que siguió cabalgando.

Del guerrero que no podía ser derrotado ni por la muerte.

Del cadáver colocado sobre Babieca.

De los enemigos huyendo al contemplarlo.

Leyenda.

Sí.

Pero qué hermosa leyenda.

Y qué extraordinario resulta que un pueblo haya querido recordar así a uno de sus grandes personajes.

Hoy no necesitamos que nuestros dirigentes ganen batallas después de muertos.

Nos conformaríamos con que algunos fueran capaces de librarlas mientras están vivos.

Que defendieran aquello en lo que creen.

Que asumieran responsabilidades.

Que pensaran más allá de la siguiente encuesta.

Que comprendieran que gobernar no consiste únicamente en ocupar el poder.

Consiste en ejercerlo al servicio de algo que está por encima de uno mismo.

El Cid tuvo defectos.

Tuvo contradicciones.

Fue hijo de su tiempo.

Pero tuvo algo que resulta cada vez más difícil encontrar:

grandeza.

Quizá por eso seguimos recordándolo.

Quizá por eso continúa cabalgando.

Porque los hombres mueren.

Los gobiernos caen.

Los cargos desaparecen.

Los aplausos terminan.

Pero algunos ejemplos sobreviven.

Y cuando una nación atraviesa épocas de mediocridad, vuelve inevitablemente la mirada hacia aquellos hombres que un día le recordaron que era posible ser más grande.

El Cid ganó muchas batallas en vida.

La leyenda quiso regalarle una más después de muerto.

Pero su verdadera victoria ha sido otra:

casi mil años después, Rodrigo Díaz de Vivar sigue cabalgando por la memoria de España.

Y quizá sea precisamente porque, en tiempos de dirigentes pequeños, seguimos necesitando recordar que alguna vez tuvimos hombres capaces de convertirse en gigantes.


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