12 de octubre: hoy más que nunca, España

12 de octubre: hoy más que nunca, España
por Javier Garcia Isac
12 de octubre de 2026 a las 09:55
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La opinión de Javier García Isac

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Hay días para pedir perdón y días para sentirse orgulloso.

Yo tengo muy claro qué representa el 12 de octubre.

El 12 de octubre no pido perdón por ser español. Celebro serlo.

Celebro pertenecer a una de las naciones que más profundamente han marcado la historia universal. Celebro nuestra lengua, nuestra cultura, nuestra fe, nuestros héroes, nuestros navegantes, nuestros soldados, nuestros misioneros, nuestros escritores y también, naturalmente, nuestros errores, porque sólo los pueblos que hicieron grandes cosas tuvieron la oportunidad de cometer grandes errores.

Lo que no estoy dispuesto a aceptar es que España tenga que acudir cada año al 12 de octubre como quien comparece ante un tribunal.

No.

El 12 de octubre es la Fiesta Nacional de España. Y lo es porque aquella fecha simboliza algo infinitamente mayor que un acontecimiento ocurrido hace más de cinco siglos: la proyección de España más allá de Europa y el nacimiento de una comunidad histórica y cultural que todavía hoy une a cientos de millones de personas.

El 12 de octubre de 1492 las naves de Cristóbal Colón alcanzaron América.

Aquel día cambió la historia del mundo.

No sólo la de España.

La del mundo.

Dos mundos que habían permanecido separados comenzaron a conocerse. Comenzó un proceso gigantesco, contradictorio, difícil, extraordinario, con luces y sombras, como todos los grandes procesos históricos.

Pero de aquel encuentro nació algo que todavía vive.

La Hispanidad.

Una comunidad humana que no cabe en un mapa.

La Hispanidad es Cervantes y es el español hablado al otro lado del Atlántico. Es una lengua que permite que un hombre de Madrid pueda entenderse con otro de México, Lima, Buenos Aires, Santo Domingo, Bogotá o Cartagena de Indias.

Es una historia compartida.

Es una cultura.

Es una determinada manera de entender la vida.

Es también una fe que durante siglos proporcionó un vínculo espiritual a pueblos separados por miles de kilómetros.

Y todo eso ocurrió porque un día España decidió mirar más allá del horizonte.

Hoy parece que decirlo molesta.

Hay quienes prefieren reducir varios siglos de historia a una única palabra: colonización.

Otros necesitan presentar a España como una especie de delincuente histórico que debe comparecer eternamente ante un tribunal formado, curiosamente, por quienes disfrutan de la lengua, las ciudades, las universidades, las instituciones, los apellidos y buena parte de la cultura nacida precisamente de aquella historia.

Yo me niego.

Me niego a pedir perdón por Hernán Cortés.

Me niego a pedir perdón por Isabel la Católica.

Me niego a pedir perdón por nuestros navegantes.

Me niego a pedir perdón por nuestros misioneros.

Me niego a pedir perdón por quienes cruzaron océanos cuando hacerlo suponía jugarse literalmente la vida.

Y me niego, sobre todo, a juzgar los siglos XV, XVI o XVII utilizando cómodamente los criterios morales de un europeo del siglo XXI sentado delante de un ordenador.

Estudiemos la historia.

Toda.

También sus atrocidades.

También sus abusos.

También sus injusticias.

Pero estudiemos igualmente lo que se construyó.

Porque España no cruzó el Atlántico únicamente con soldados.

Cruzó también con sacerdotes, maestros, juristas, arquitectos, médicos, comerciantes, artesanos y hombres y mujeres dispuestos a levantar una nueva sociedad al otro lado del océano.

Allí surgieron ciudades que todavía hoy constituyen algunas de las grandes urbes de Hispanoamérica.

Allí se fundaron universidades.

Se levantaron hospitales.

Catedrales.

Colegios.

Caminos.

Instituciones.

España no estuvo unas décadas en América para saquearla y marcharse. Permaneció allí durante siglos y, en ese larguísimo proceso histórico, españoles, indígenas, africanos y sus descendientes construyeron sociedades nuevas.

Y allí se produjo algo decisivo.

El mestizaje.

Porque la Hispanidad no puede entenderse únicamente como una extensión territorial de España.

Fue el nacimiento de un nuevo mundo humano y cultural.

España llevó el castellano y aquella lengua terminó dejando de pertenecernos exclusivamente a nosotros.

Ésa es precisamente su grandeza.

Hoy el español es mexicano y argentino.

Colombiano y peruano.

Chileno y venezolano.

Cubano y dominicano.

Ecuatoriano y uruguayo.

Español y americano.

Una lengua que atravesó un océano y terminó convirtiéndose en patria común de cientos de millones de seres humanos.

Quizá sea ésa la más formidable herencia de aquella empresa.

Pero España llevó también la fe.

La evangelización forma parte inseparable de nuestra historia americana. Puede analizarse, contextualizarse y criticarse, naturalmente, pero no borrarse.

Los misioneros recorrieron territorios inmensos.

Se levantaron iglesias y misiones.

Las órdenes religiosas participaron en la educación y en la asistencia.

Porque existe otro elemento que rara vez recuerdan quienes reducen toda nuestra historia a la leyenda negra.

España llegó a preguntarse por la legitimidad moral de lo que estaba haciendo mientras todavía lo estaba haciendo.

Juristas y teólogos debatieron sobre los derechos de los habitantes del Nuevo Mundo, sobre los límites de la conquista y sobre las obligaciones de la Corona.

No fue un mundo perfecto.

Ninguno lo era.

Pero tampoco fue esa caricatura de verdugos y víctimas que algunos pretenden vendernos cinco siglos después.

De aquella aventura surgió algo que sobrevivió incluso a la desaparición política del Imperio español.

Una civilización compartida.

Ésa debería ser nuestra gran reflexión cada 12 de octubre.

España perdió hace mucho tiempo sus territorios americanos, pero España e Hispanoamérica nunca dejaron completamente de pertenecerse culturalmente.

Tenemos una lengua y una fe común.

Compartimos millones de apellidos.

Compartimos religión, arquitectura, literatura, gastronomía, música, tradiciones y formas de entender la familia y la vida.

Compartimos a Cervantes y a García Márquez.

A Velázquez y a Sor Juana Inés de la Cruz.

A Quevedo y a Borges.

Podemos incluso discutir durante horas sobre la conquista y hacerlo, paradójicamente, en el mismo idioma que aquella historia dejó como herencia.

Ésa es la maravillosa paradoja de la Hispanidad.

Por eso creo que España comete un enorme error cuando mira hacia Hispanoamérica exclusivamente desde la culpa, desde la condescendencia o, todavía peor, desde la indiferencia.

Nuestro futuro exterior no debería mirar únicamente hacia Bruselas.

También debería mirar hacia México, Argentina, Colombia, Perú, Chile, República Dominicana, Ecuador, Uruguay y hacia el resto de esa inmensa comunidad histórica y cultural.

No para reconstruir ningún imperio.

Eso pertenece a la historia.

Sino para fortalecer algo mucho más razonable y quizá mucho más poderoso: la conciencia de pertenecer a una misma comunidad de civilización.

Más de cinco siglos después, ésa es quizá la verdadera victoria del 12 de octubre.

Los imperios han desaparecido.

Las fronteras han cambiado.

Los gobiernos pasan.

Pero la lengua y la Fe permanecen.

La cultura permanece.

Los vínculos permanecen.

Por eso yo sí tengo algo que celebrar el 12 de octubre.

Y mucho.

Pero este 12 de octubre de 2026 quiero mirar también mucho más cerca.

Quiero mirar hacia el sur.

Quiero mirar hacia Ceuta.

Porque si existe hoy un lugar de España donde la bandera nacional no es simplemente un elemento decorativo, sino la expresión cotidiana de una pertenencia, ése es Ceuta.

Los ceutíes atraviesan momentos extraordinariamente difíciles.

Los acontecimientos vividos este verano en la frontera han vuelto a poner sobre la mesa algo que algunos parecen empeñados en olvidar: Ceuta constituye una frontera española y de la unión europea y cualquier crisis que afecte a su seguridad afecta al conjunto de España.

Y mientras desde determinados despachos se discute sobre palabras, competencias, responsabilidades y explicaciones, los ceutíes siguen allí.

Eso es lo verdaderamente importante.

Siguen allí los hombres y mujeres que trabajan.

Los comerciantes que levantan cada mañana la persiana.

Las familias que llevan a sus hijos al colegio.

Los policías nacionales.

Los guardias civiles.

Los militares.

Los funcionarios.

Los vecinos, y por desgracia, también los invasores.

Españoles que no necesitan recibir ninguna conferencia sobre qué significa España porque viven diariamente en uno de sus límites.

Por eso este 12 de octubre quiero acordarme especialmente de ellos.

De los caballas.

Porque quizá desde Ceuta puedan enseñarnos algo al resto de los españoles.

Cuando uno vive a cientos de kilómetros de una frontera resulta muy fácil convertir España en una abstracción.

Una palabra.

Una bandera que sacamos del cajón dos o tres veces al año.

Un himno.

Un desfile.

Una discusión política.

En Ceuta, España significa algo bastante más concreto.

Significa permanecer.

Significa saber quién eres.

Significa contemplar el Estrecho y comprender que detrás de aquella bandera existen una historia, una soberanía y una comunidad nacional que alguien tiene la obligación de defender.

Ceuta es hoy un ejemplo para el resto de España.

Un ejemplo de resistencia.

De españolidad.

De dignidad.

Y, sobre todo, de pertenencia.

Por eso la Fiesta Nacional no puede consistir solamente en contemplar durante unas horas un desfile militar y regresar después a nuestra indiferencia cotidiana.

La patria no se demuestra únicamente aplaudiendo un desfile.

Se demuestra defendiendo a tus compatriotas cuando lo necesitan.

Y los ceutíes necesitan saber que no están solos.

Necesitan saber que su problema es nuestro problema.

Que su frontera es nuestra frontera.

Que su seguridad es nuestra seguridad.

Y que cuando alguien pone a prueba la soberanía española en Ceuta no está poniendo a prueba únicamente a los españoles que viven al otro lado del Estrecho.

Está poniendo a prueba a toda España.

Ésa debería ser otra de las grandes lecciones de este 12 de octubre.

España no es únicamente Madrid.

España no termina donde termina la Península.

España también es Canarias.

España también es Baleares.

España también es Melilla.

Y España es Ceuta.

Tan española como la Puerta del Sol, la Giralda, Covadonga o la plaza del Obradoiro.

Sin complejos.

Sin pedir permiso.

Sin necesidad de justificarnos.

Quizá hemos pasado demasiados años enseñando a los españoles a avergonzarse de España.

Nos han explicado nuestros defectos hasta la extenuación y nuestros logros casi pidiendo disculpas.

Hemos convertido nuestra historia en un interminable juicio oral en el que España aparece siempre sentada en el banquillo.

Y mientras tanto otros países celebran sus victorias, recuerdan a sus héroes, honran a sus soldados y transmiten a sus hijos una memoria nacional sin tener que colocar una disculpa a pie de página.

España también tiene derecho a recordar su historia con orgullo.

Naturalmente que contiene errores.

¿La de qué nación no?

Naturalmente que hubo injusticias.

¿En qué gran proceso histórico no las hubo?

Naturalmente que debemos conocerlas.

Pero conocer nuestros errores no obliga a despreciar nuestra historia.

Todo lo contrario.

Sólo quien conoce de dónde viene puede decidir con libertad hacia dónde quiere ir.

Por eso el 12 de octubre no debería ser una fiesta contra nadie.

Ni contra América.

Ni contra Marruecos.

Ni contra quienes tienen una visión diferente de nuestra historia.

Debe ser una fiesta a favor de España.

Y eso debería bastar.

A favor de nuestros antepasados.

A favor de nuestra lengua.

A favor de nuestra cultura.

A favor de nuestra historia.

A favor de nuestra Fé.

A favor de los españoles que viven en cualquier rincón de nuestra nación.

Y este año, muy especialmente, a favor de quienes están en Ceuta.

Quiero terminar pensando precisamente en ellos.

En una familia ceutí que este 12 de octubre cuelgue una bandera española de su balcón.

Quizá esa bandera tenga más significado que mil discursos oficiales.

Porque allí, frente a una frontera que durante este verano ha vuelto a recordarnos la importancia de defender nuestra soberanía, esa bandera dice algo extraordinariamente sencillo:

Aquí está España.

La misma España que hace más de cinco siglos fue capaz de mirar al océano y cambiar la historia del mundo.

La España de Cervantes y de Isabel la Católica.

La de los navegantes y los misioneros.

La de las universidades americanas y las ciudades levantadas al otro lado del Atlántico.

La España de una lengua que hoy hablan cientos de millones de personas.

Y también la España de los hombres y mujeres de Ceuta que, en pleno siglo XXI, siguen recordándonos que una nación no vive únicamente de su pasado. Vive de la voluntad de quienes quieren seguir perteneciendo a ella y de aquellos que quieren recuperar su ciudad y su normalidad.

Mientras haya españoles dispuestos a pronunciar esas palabras —«Aquí está España»— sin vergüenza, sin miedo y sin pedir perdón, todavía tendremos razones para confiar.

Feliz 12 de octubre.

Feliz Día de la Hispanidad.

Feliz Fiesta Nacional.

Y a nuestros compatriotas de Ceuta:

Gracias.

Gracias por permanecer.

Gracias por resistir.

Gracias por recordarnos algo que demasiados han olvidado.

Porque España no es únicamente una herencia recibida.

España es también algo que merece ser defendido.


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