En mi caso, el primer síntoma del desprecio de EF hacia la seguridad de los menores comenzó con la asignación de los alojamientos en el destino. A pesar de vender con aspavientos la idea de una inmersión lingüística en una familia de acogida, la realidad fue que mi hija de catorce años fue instalada en la vivienda de un hombre octogenario que vivía solo. Introducir a una niña menor de edad en el hogar de un adulto mayor desconocido, sin otra supervisión adulta constante dentro del domicilio, constituye un incumplimiento grave de cualquier protocolo básico de protección infantil. A esta imprudencia se sumó una disparidad geográfica incomprensible: mientras a estudiantes adultos o de mayor edad se les asignaban residencias a cinco minutos a pie de la academia, a dos niñas de catorce años se las ubicó en una vivienda de la extrema periferia urbana, obligándolas a afrontar trayectos diarios de más de una hora en transporte público por zonas de riesgo y con horarios desasistidos.
El resultado de esta ratonera logística no tardó en materializarse de forma dramática. A las diez de la noche, en las calles de Dublín y en total desamparo sin ningún monitor, tutor ni responsable de EF presente sobre el terreno, mi hija sufrió un gravísimo intento de agresión y acoso sexual por parte de un hombre que la persiguió durante varias calles hasta el interior de un autobús y una vez dentro, la acosó y amedrentó. El pánico de una niña de catorce años sola en el extranjero, suplicando ayuda a un entorno paralizado por la cobardía, por suerte no terminó en una tragedia irreversible. Tras semejante trauma, la respuesta de EF sobre el terreno fue la improvisación y el abandono. Durante el resto de la estancia, ni un solo equipo de la agencia, ni un tutor, ni un profesional de apoyo psicológico se puso en contacto con mi hija ni con nosotros en España para valorar su estado de salud mental o brindarle asistencia. La única solución que ofreció la delegación fue autorizar el uso de taxis para evitar el transporte público. Sin embargo, el colmo del cinismo llegó el último día de estancia. Con la red de autobuses reducida por ser un domingo festivo, la agencia programó una actividad a primera hora de la mañana, lo que obligaba a la niña a esperar sola en una parada a las seis y media de la madrugada en la misma zona del suceso anterior. Al solicitar el transporte seguro en taxi, la respuesta oficial de EF fue negarlo alegando literalmente que ya habían gastado demasiado presupuesto en taxis y que nosotros debíamos asumir el riesgo de que una situación similar se repitiera o que al menos, mi hija reviviera el pánico. Para esta multinacional, la vida e integridad física y mental de una niña tiene un límite contable.
Esta falta de escrúpulos no es un hecho aislado en el extranjero, sino un patrón mercantil que se manifiesta desde el primer día. En las reuniones organizativas previas celebradas en Madrid, EF citó a más de seiscientos padres en una sala de un conocido hotel de la calle Goya cuyo aforo legal máximo era de tan solo 150 personas. La codicia por masificar el evento llevó a la empresa a cuadruplicar la capacidad permitida, generando un riesgo real de avalancha que obligó a quien escribe, a exigir la documentación del recinto, gestionar el desalojo de la sala y amenazar con la intervención policial. El propio establecimiento hostelero admitió haber sido engañado por EF respecto al número real de asistentes. Si una empresa es capaz de poner en peligro a 600 personas en el centro de Madrid engañando a un hotel, ¿qué garantías ofrece cuando gestiona a nuestros hijos a miles de kilómetros?