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Honor, deber y patria: ¿dónde necesita España a sus soldados?

Honor, deber y patria: ¿dónde necesita España a sus soldados?
por Javier Garcia Isac
22 de octubre de 2026 a las 07:15
actualidad

La opinión de Javier García Isac

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Hay palabras que envejecen mal.

Y hay otras que simplemente dejamos de pronunciar porque nos recuerdan obligaciones que preferiríamos olvidar.

Honor.

Deber.

Disciplina.

Lealtad.

Sacrificio.

Servicio.

Patria.

El 22 de octubre de 1768, Carlos III promulgaba las Ordenanzas para el régimen, disciplina, subordinación y servicio de sus ejércitos.

No eran únicamente un reglamento militar.

Durante más de dos siglos constituyeron una referencia moral para el Ejército español. Sus disposiciones fueron quedando inevitablemente superadas por el tiempo, pero algunos de sus principios sobrevivieron porque existen valores que no necesitan actualizarse cada cuatro años.

El Ministerio de Defensa recuerda que aquellas Ordenanzas mantuvieron una enorme influencia hasta las Reales Ordenanzas de 1978 y que algunos de sus principios morales continuaron estudiándose durante generaciones en nuestras academias militares.

Porque pueden cambiar los uniformes.

Pueden cambiar las armas.

Puede cambiar la tecnología.

Puede cambiar la sociedad.

Pero resulta bastante más difícil explicar cómo podría existir un Ejército sin disciplina, honor, subordinación, compañerismo y sentido del deber.

Carlos III lo entendió hace más de dos siglos y medio.

Nosotros algunas veces parecemos haberlo olvidado.

El Ejército español de 1768 no tiene, naturalmente, nada que ver con las Fuerzas Armadas españolas de 2026.

Hoy tenemos unas Fuerzas Armadas profesionales, integradas por hombres y mujeres extraordinariamente preparados, capaces de operar con una tecnología que habría resultado inimaginable hace apenas unas décadas. Pero nos falta algo, y ese algo marca la diferencia. Más que ejército español, diera la sensación de que lo que tenemos son unidades muy profesionalizadas y eso está muy bien, si además tuviéramos un ejército poderoso que tuviera muy claro que lo primero es defender España y su soberanía y unidad territorial.

Nuestros militares participan en operaciones internacionales.

Trabajan junto a ejércitos aliados.

Combaten la piratería.

Forman tropas extranjeras.

Vigilan espacios aéreos.

Participan en misiones de Naciones Unidas, de la OTAN y de la Unión Europea.

Y cada vez que salen fuera de España suelen regresar con el reconocimiento de quienes han trabajado junto a ellos.

Tenemos magníficos soldados.

Ése no es el problema.

La pregunta es dónde decidimos colocarlos y para defender qué prioridades.

España prevé participar durante este año 2026 en 17 misiones en el exterior, con una media aproximada de 3.000 militares desplegados en cuatro continentes.

Tenemos soldados en Líbano.

En Irak.

En Letonia.

En Eslovaquia.

En Rumanía.

En Turquía.

En distintos puntos de África.

En el Índico.

En misiones de la OTAN, Naciones Unidas y la Unión Europea.

Y quiero dejar algo absolutamente claro.

Mi crítica no va dirigida a ninguno de esos militares.

Todo lo contrario.

Cuando un soldado español recibe una orden legítima de desplegarse en Letonia, Irak o Líbano, cumple con su deber.

No decide la política exterior.

No decide las alianzas.

No decide dónde España considera que se encuentran sus intereses estratégicos.

Obedece.

Y precisamente por eso merece respeto.

La responsabilidad corresponde a quienes dan las órdenes.

A los gobiernos.

A quienes determinan nuestras prioridades estratégicas.

A quienes deciden dónde debe estar un soldado español y qué intereses nacionales justifican que arriesgue su vida a miles de kilómetros de su casa.

Y ahí sí tengo muchas preguntas.

Porque mientras nuestros soldados protegen el flanco oriental de Europa, España tiene sus propias fronteras.

Mientras nuestros militares contribuyen a la seguridad de países situados a miles de kilómetros, nosotros tenemos Canarias.

Tenemos el Estrecho.

Tenemos Melilla.

Y tenemos Ceuta.

Después de lo ocurrido este verano en Ceuta, la pregunta resulta todavía más incómoda.

¿Qué frontera debe preocupar prioritariamente a España?

¿La de Letonia con Rusia?

¿O la frontera española?

No estoy diciendo que España deba abandonar todos sus compromisos internacionales.

Sería una simplificación absurda.

Formamos parte de alianzas.

Tenemos obligaciones. Algunas incomprensibles.

La seguridad europea también puede afectar a nuestra seguridad.

La lucha contra el terrorismo, la piratería o determinadas amenazas internacionales puede beneficiar directamente a España.

Pero pertenecer a una alianza no debería significar renunciar a establecer nuestras propias prioridades nacionales.

Una alianza sirve para defender los intereses comunes de sus miembros.

No para que unos miembros defiendan las fronteras de todos mientras nadie parece recordar suficientemente las suyas.

España debe preguntarse dónde están sus amenazas reales.

Y debe hacerlo sin complejos.

Porque resulta curioso observar la enorme facilidad con la que hablamos del flanco este de Europa y la extraordinaria incomodidad con la que algunas veces hablamos del flanco sur.

Rusia parece preocuparnos enormemente.

Marruecos, bastante menos.

Y eso, desde la perspectiva estrictamente española, merece al menos una reflexión.

No porque Marruecos tenga que convertirse necesariamente en enemigo, aunque más veces de las deseadas se comporta como tal.

Todo lo contrario.

España necesita mantener unas relaciones estables con Marruecos.

Somos vecinos.

Compartimos intereses económicos.

Necesitamos cooperación en seguridad, inmigración y lucha contra el terrorismo. Todo eso está claro.

Precisamente por eso una relación seria entre Estados exige claridad.

Amistad no significa ingenuidad.

Cooperación no significa subordinación.

Y buena vecindad no significa renunciar a defender nuestros intereses.

Un Ejército existe, antes que ninguna otra cosa, para garantizar la soberanía, independencia e integridad territorial de su nación.

No es una ocurrencia mía.

Es la esencia misma de unas Fuerzas Armadas nacionales.

Y en España parece algunas veces que sentimos cierto pudor al recordarlo.

Nos encanta ver a nuestros soldados ayudando después de una catástrofe.

Nos emocionamos cuando rescatan personas.

Los aplaudimos cuando intervienen en inundaciones, incendios o nevadas. O simplemente cuando desfilan.

Y está bien.

Magnífico.

Pero nuestros soldados no son únicamente una gigantesca organización de emergencias vestida de uniforme.

Son soldados.

Han sido formados para defender España.

Ésa es su función última.

Y precisamente porque respeto profundamente a nuestras Fuerzas Armadas, me niego a convertirlas en un elemento decorativo de nuestra política exterior.

Cada soldado que enviamos fuera debería responder a una pregunta elemental:

¿qué interés de España estamos defendiendo?

No basta con responder que lo pide una alianza.

Habrá ocasiones en que cumplir nuestros compromisos internacionales constituya precisamente un interés español.

Pero debemos explicarlo.

Debemos debatirlo.

Y debemos exigir reciprocidad.

Porque las alianzas no pueden funcionar en una sola dirección.

Si España considera que la seguridad del Báltico es también nuestra seguridad, nuestros aliados deberían comprender igualmente que la seguridad del Estrecho, Canarias, Ceuta y Melilla forma parte de la seguridad europea.

Eso sería una alianza entre iguales.

Lo contrario empieza a parecerse demasiado a que España aporta soldados allí donde otros establecen las prioridades mientras nuestros problemas estratégicos quedan relegados.

Y aquí regreso a Carlos III.

A aquellas viejas Ordenanzas.

A aquella España en la que palabras como honor y deber no provocaban sonrisas condescendientes.

Naturalmente que no quiero regresar al Ejército del siglo XVIII.

Sería ridículo.

Pero sí creo que deberíamos recuperar algo de aquella claridad moral.

Un soldado sabía que servía a España.

Que su uniforme representaba algo que estaba por encima de él mismo.

Que su palabra importaba.

Que abandonar a un compañero era una deshonra.

Que el deber no dependía de su estado de ánimo.

Que la disciplina no era humillación, sino la condición necesaria para que un ejército pudiera funcionar.

Hay cosas antiguas que deberían desaparecer.

Y otras que desaparecen porque nosotros nos hacemos pequeños.

La palabra dada.

¿Cuánto vale hoy?

El honor.

¿Cuántas veces la escuchamos fuera de un cuartel?

El deber.

Vivimos en una sociedad obsesionada con los derechos y extraordinariamente olvidadiza con las obligaciones.

Tenemos derecho a prácticamente todo.

Pero cada vez resulta más difícil encontrar a alguien dispuesto a decirnos qué debemos hacer por los demás.

El militar conserva precisamente esa vieja idea.

Servir.

Una palabra maravillosa.

Y profundamente contraria al espíritu de nuestro tiempo.

Porque servir significa aceptar que existe algo más importante que uno mismo.

Un compañero.

Una unidad.

Una bandera.

Una nación.

Cuando un soldado jura bandera no está jurando lealtad al Gobierno de turno.

Los gobiernos pasan.

Los ministros pasan.

Los partidos pasan.

España permanece.

Ahí reside la grandeza del uniforme.

Por eso resulta especialmente doloroso cuando la política utiliza a las Fuerzas Armadas como decorado.

Fotografías.

Desfiles.

Visitas oficiales.

Discursos solemnes.

Muchos elogios.

Y después presupuestos, estrategias y despliegues que demasiadas veces parecen decidirse pensando antes en nuestra posición dentro de determinadas estructuras internacionales que en las necesidades específicas de España.

No quiero un Ejército encerrado dentro de nuestras fronteras.

Quiero algo mucho más sencillo.

Quiero unas Fuerzas Armadas cuya primera prioridad sea España.

Después vendrán nuestros aliados.

Nuestros compromisos.

Nuestra responsabilidad internacional.

Nuestra contribución a la estabilidad.

Pero primero España.

No creo que haya nada extremista en afirmarlo.

Debería ser una obviedad.

Primero nuestras fronteras.

Primero nuestros territorios.

Primero nuestros compatriotas.

Primero nuestros intereses estratégicos.

Y después, desde una España segura y respetada, podremos cumplir nuestros compromisos con los demás.

Quizá ésa sea la gran lección que podemos recuperar de aquellas Ordenanzas de 1768.

No sus artículos concretos.

No su organización.

No la sociedad de Carlos III.

Algo bastante más sencillo.

La existencia del deber.

Nuestros militares todavía saben lo que significa.

Lo demuestran cada día.

En España y fuera de ella.

Son nuestros dirigentes quienes deberían preguntarse si poseen la misma claridad respecto a sus propias obligaciones.

Porque un soldado puede estar dispuesto a sacrificarse.

Pero el político que lo envía tiene la obligación moral de saber exactamente por qué.

El 22 de octubre recordamos unas Ordenanzas escritas hace 258 años.

Puede parecer una antigualla.

Yo no lo creo.

Porque quizá nunca hayamos necesitado tanto recuperar determinadas palabras.

Honor.

Lealtad.

Disciplina.

Sacrificio.

Servicio.

Deber.

Y una última que da sentido a todas las anteriores:

España.

Nuestros soldados no han olvidado esa palabra.

Procuremos que quienes deciden dónde deben defenderla tampoco lo hagan.


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