Todo perfectamente organizado.
El problema es que, mientras Finlandia tiene fecha, Ceuta sigue esperando.
Y Ceuta es España.
No estamos hablando de una ciudad extranjera, de un territorio remoto ni de un compromiso diplomático adquirido con un país aliado. Estamos hablando de territorio nacional y de españoles que han atravesado durante los últimos meses una situación extraordinariamente grave.
El propio Pedro Sánchez anunció el pasado 3 de septiembre en el Congreso que Felipe VI visitaría Ceuta y Melilla «en las próximas semanas». Zarzuela confirmó posteriormente que se estaba trabajando en el viaje de los Reyes, pero sin concretar todavía cuándo tendría lugar.
Y pasan las semanas.
Mientras tanto, Finlandia ya tiene días, programa y objetivos.
Conviene, además, no cometer una injusticia atribuyendo exclusivamente a Felipe VI una decisión que institucionalmente no depende solo de él. La actividad exterior y determinados desplazamientos del jefe del Estado se desarrollan en coordinación con el Gobierno. Por eso la pregunta política debe dirigirse fundamentalmente a Moncloa:
¿Por qué Finlandia puede tener fecha y Ceuta todavía no?
El Rey ha demostrado conocer perfectamente la gravedad de lo sucedido. El 8 de septiembre reunió en Zarzuela a la ministra de Defensa, al JEMAD, al jefe del Mando de Operaciones, al jefe del Mando Operativo Terrestre y al comandante general de Ceuta para analizar la situación desde el punto de vista de la defensa.
También ha expresado públicamente su preocupación por Ceuta.
Pero existe una diferencia enorme entre interesarse por Ceuta desde Madrid y estar físicamente en Ceuta.
La presencia del jefe del Estado tiene un significado institucional. Precisamente porque Felipe VI, según la Constitución, simboliza la unidad y permanencia del Estado, su presencia en cualquier territorio español posee un valor que va mucho más allá de una visita protocolaria.
Y ahí está precisamente la cuestión.
¿Por qué seguimos esperando?
¿Por qué existe tanta cautela cuando se trata de que los Reyes viajen a una parte de España?
La última visita de unos Reyes de España a Ceuta se produjo en noviembre de 2007, cuando Juan Carlos I y la reina Sofía acudieron a la ciudad. Marruecos protestó entonces por aquella visita.
Han pasado casi veinte años.
Felipe VI lleva reinando desde 2014 y Ceuta y Melilla siguen siendo los territorios españoles que no ha visitado oficialmente como Rey.
No se trata de convertir una visita institucional en una provocación contra nadie. Precisamente lo contrario. Visitar una ciudad española debería contemplarse como el acto más natural del mundo.
Un jefe del Estado español no debería necesitar justificar por qué visita territorio español.
Ahí reside la anomalía.
Porque cuando cada movimiento hacia Ceuta o Melilla comienza a analizarse en función de cuál será la reacción de Marruecos, se transmite inevitablemente una imagen de excepcionalidad sobre dos ciudades cuya españolidad forma parte del orden constitucional español.
España mantiene relaciones importantes con Marruecos. Naturalmente.
España debe mantener relaciones diplomáticas con Marruecos. Evidentemente.
Pero las buenas relaciones entre dos Estados no deberían exigir que uno de ellos convierta una parte de su propio territorio en una especie de zona políticamente incómoda para sus máximas autoridades.
Ese es el debate que debería preocuparnos.
Resulta especialmente llamativo que el comunicado oficial sobre Finlandia destaque que el viaje servirá para conocer cuestiones relacionadas con «la seguridad y defensa de Europa en todas sus fronteras», incluidos el Ártico y el Báltico.
Perfecto.
España tiene compromisos europeos y atlánticos y el Rey ejerce la más alta representación internacional del Estado.
Pero cualquier español puede hacerse una pregunta perfectamente legítima:
¿Y nuestras fronteras?
Porque antes del Ártico está Ceuta.
Antes del Báltico está el Estrecho.
Y antes de preocuparnos por las fronteras de nuestros aliados deberíamos ser capaces de transmitir absoluta normalidad institucional en las nuestras.
No es incompatible una cosa con la otra. Felipe VI puede viajar a Finlandia y debe desarrollar la agenda internacional que corresponde a un jefe del Estado europeo.
La contradicción aparece cuando un viaje internacional queda perfectamente cerrado mientras continúa pendiente uno de enorme significado dentro de España.
Los ceutíes no necesitan únicamente comunicados de solidaridad.
Necesitan normalidad.
Necesitan comprobar que vivir en Ceuta significa exactamente lo mismo, institucionalmente, que vivir en Madrid, Sevilla, Zaragoza o La Coruña.
Y por eso una visita de los Reyes tiene una importancia que difícilmente puede medirse únicamente en términos protocolarios.
Sería una fotografía.
Pero algunas fotografías representan a un Estado entero.
Felipe VI es Rey de España. De toda España.
También de Ceuta.
Y los ciudadanos de Ceuta tienen derecho a preguntarse por qué después de tantos años todavía esperan una visita que en cualquier otro territorio nacional sería completamente rutinaria.
Finlandia ya está escrita en el calendario: 5, 6 y 7 de octubre.
Ceuta continúa esperando que alguien escriba una fecha.
Y cuanto más tiempo pasa, más difícil resulta explicar la diferencia.