Como abogada de familia y mujer de fe, ¿cuál es el dilema real con el que llegan a tu despacho las personas creyentes cuando su matrimonio se rompe y sienten que el divorcio las alejará de Dios?
Muchas llegan con un dolor doble: el de ver roto su matrimonio y el de pensar que, si se separan, también perderán su relación con Dios. Me dicen: «No puedo seguir así, pero no quiero fallarle». Son personas que necesitan ser escuchadas sin sentirse juzgadas.
Como cristiana, creo en un Dios que nos ama, que nos cuida y que conoce nuestras heridas. Por eso les transmito que pedir ayuda y protegerse no significa dejar de creer. Podemos afrontar una ruptura con responsabilidad, con respeto por la fe y con la mirada puesta en los hijos. Un matrimonio roto no convierte a una persona en alguien menos digno de amor.
A menudo escuchamos que Dios quiere la unidad de la familia, pero ¿dónde queda esa premisa cuando la convivencia se vuelve destructiva y el hogar deja de ser un lugar de amor para los hijos?
Creo profundamente en el valor de la familia y en que merece la pena cuidarla. Pero esa unidad debe atender también a lo que sucede dentro del hogar: cómo nos tratamos, cómo vivimos y qué están aprendiendo nuestros hijos sobre el amor.
Cuando la convivencia se vuelve destructiva, proteger a la familia puede exigir poner límites y dejar de convivir. La propia Iglesia reconoce que hay situaciones en las que la separación puede ser moralmente necesaria para proteger al cónyuge más vulnerable o a los hijos. Defender el matrimonio también exige tomarse en serio la dignidad de quienes lo forman.
«Muchas personas desconocen la postura de la propia Iglesia al respecto. ¿Qué dice realmente la doctrina eclesial...»
Muchas personas desconocen la postura de la propia Iglesia al respecto. ¿Qué dice realmente la doctrina eclesial sobre la separación física y el recurso a la justicia civil cuando la situación es insostenible?
La Iglesia defiende la indisolubilidad del matrimonio, pero reconoce causas legítimas para interrumpir la convivencia. El canon 1153 contempla, entre otras situaciones, el grave peligro para uno de los cónyuges o para los hijos, y circunstancias que hacen demasiado dura la vida en común.
Además, el Catecismo, en su número 2383, admite que el divorcio civil puede tolerarse sin falta moral cuando es la única vía posible para asegurar derechos legítimos, el cuidado de los hijos o la defensa del patrimonio. Es una precisión muy importante: acudir a la justicia civil para obtener esa protección no equivale a que la Iglesia declare disuelto el vínculo sacramental.
En tu experiencia profesional, ¿qué impacto tiene para los hijos crecer en un hogar sin amor o en conflicto continuo por el simple temor de los padres a romper el vínculo formal?
Como abogada de familia y como madre, me preocupa que los adultos, absorbidos por su dolor, dejen de mirar lo que están viviendo sus hijos. Los niños pueden percibir la tensión aunque nadie les explique qué ocurre. No necesitan conocer los detalles de una discusión para sentirse inseguros.
También debemos reconocer que una separación puede ser dolorosa para ellos. Por eso, mi prioridad es reducir su exposición al conflicto, preservar sus rutinas y evitar que tengan que elegir entre sus padres. La pregunta que intento devolver a los adultos es muy sencilla: «¿Qué necesita vuestro hijo para sentirse querido y seguro?».
Afirmas que Dios nos hizo libres y quiere nuestra felicidad. Desde esa perspectiva, ¿por qué sostener un matrimonio únicamente por miedo, culpa o presión social puede ser más dañino que afrontar una separación legal?
Cuando digo que Dios quiere nuestra felicidad, me refiero a una vida con dignidad, amor, paz y responsabilidad. La felicidad cristiana también implica compromiso, esfuerzo y capacidad de atravesar dificultades; no significa que debamos marcharnos ante cualquier crisis.
Pero sostener una convivencia únicamente por miedo al qué dirán puede impedirnos reconocer un sufrimiento grave y buscar ayuda. Creo que la libertad que Dios nos da exige discernir con honestidad. A veces ese discernimiento conduce a reparar la relación; otras, a aceptar que necesitamos una separación para protegernos y cuidar mejor de nuestros hijos.
Siempre defiendes que antes de romper merece la pena intentar reparar. Pero cuando se ha intentado todo y es imposible, ¿por qué el divorcio civil no debe verse como un fracaso espiritual, sino como una vía legítima de protección y justicia?
Porque una crisis matrimonial no resume toda la vida espiritual de una persona. Yo animo a intentar reparar cuando existe una posibilidad real y segura: con diálogo, ayuda profesional y, para quien lo desee, acompañamiento espiritual. Cuando hay violencia o peligro, la protección debe ser inmediata.
Si la ruptura resulta inevitable, mi trabajo consiste en ordenar sus consecuencias con justicia. En los supuestos que reconoce el Catecismo, el divorcio civil puede ser un instrumento legítimo de protección. Eso permite explicar a una persona creyente que solicitar esa protección no supone, por sí mismo, cometer una falta moral ni renunciar a su fe.
«A veces la nulidad eclesiástica y el divorcio civil se confunden. ¿Cómo orientas a un cliente creyente...»
A veces la nulidad eclesiástica y el divorcio civil se confunden. ¿Cómo orientas a un cliente creyente para evaluar con rigor si realmente existió un vínculo matrimonial válido o si procede la vía canónica?
Lo primero es explicar que responden a cuestiones diferentes. El divorcio pone fin al matrimonio en el ámbito civil. La declaración de nulidad eclesiástica determina que no existió un matrimonio válido desde su celebración; no convierte en nulo un matrimonio simplemente porque después haya ido mal.
Si aparecen circunstancias que podrían afectar a su validez, recomiendo una valoración por un especialista en derecho canónico. Hay que estudiar los hechos y las pruebas con rigor, sin prometer un resultado. Al mismo tiempo, atendemos las necesidades civiles de protección y de organización familiar.
¿Cómo se desarma desde el ámbito jurídico y humano el miedo a “fallarle a Dios” que paraliza a tantas personas devastadas por un matrimonio roto?
Primero, escuchándolas. Cuando alguien llega devastado, necesita poder contar lo que vive sin recibir otra condena. Después, ayudándole a distinguir entre sus responsabilidades reales y una culpa que puede estar alimentada por el miedo, la presión del entorno o lo que otra persona le ha hecho creer.
Como abogada, explico sus opciones y sus derechos. Como mujer de fe, puedo compartir mi convicción de que Dios no deja de amar a una persona porque atraviese una ruptura. Y, si lo desea, le animo a buscar acompañamiento espiritual. Mi función es ayudarle a decidir con información y serenidad, respetando su conciencia.
Cuando alguien da el paso de acudir a tu despacho, ¿qué significa realmente “proteger a los vulnerables” y garantizar que el proceso judicial no sea una batalla de rencor, sino un camino de paz y reordenación familiar?
Significa convertir esa protección en decisiones concretas: atender la seguridad, las necesidades económicas, la vivienda y, especialmente, el cuidado de los hijos. También significa impedir que los menores se conviertan en mensajeros, confidentes o instrumentos de presión.
Me considero una abogada conciliadora porque busco acuerdos que reduzcan el sufrimiento y puedan cumplirse. Pero un acuerdo necesita libertad y garantías. Si no es posible alcanzarlo o existe una situación de abuso, defiendo con firmeza los derechos de mi cliente. La paz necesita también límites y justicia.
¿Qué diferencia a tu acompañamiento legal a la hora de guiar a alguien para que proteja sus derechos y a sus hijos, permitiéndole dar este paso con la cabeza alta y la fe intacta?
Mi forma de acompañar une la firmeza jurídica con la sensibilidad hacia lo que esa persona está viviendo. Para un cliente creyente, su fe forma parte de sus decisiones, de sus temores y de su esperanza, y merece ser respetada.
Intento conciliar siempre que sea posible y seguro; cuando debemos acudir a juicio, trabajo con determinación, manteniendo el bienestar de los menores como prioridad. Quiero que mis clientes comprendan sus opciones y puedan decidir sin sentirse presionados.
Como cristiana, creo que Dios nos quiere y nos cuida también en nuestros momentos más difíciles. Me gustaría que quien llega a mi despacho con miedo pueda salir con una certeza: tiene derecho a buscar protección, puede seguir cuidando de sus hijos y puede atravesar este proceso sin sentirse solo ni perder su esperanza en Dios.