Hay una escena clásica en el cine de suspense que todos tenemos en la memoria: el despacho del detective protagonista, una luz amarillenta y un corcho en la pared. En él, decenas de fotografías, recortes de prensa y nombres propios aparecen conectados por una telaraña de hilos rojos. Al principio, el espectador solo ve caos, una ensalada de coincidencias y carambolas del destino. Pero, de repente, el investigador traza la última línea y todos los hilos, absolutamente todos, convergen en un único punto central. En ese momento, la música de tensión se detiene y todos los que ya sabíamos desde el comienzo quien era el malo, nos alegramos de que el prota, por fin lo descubra.
En España, el corcho de la Moncloa ya no admite más chinchetas. El mapa de la corrupción está completo. Y lo que revela no es una crisis política, ni un bache en las encuestas, ni una campaña de fango de la ultraderecha. Lo que revela es una trama orquestada con mucha jeta y muy poca ética ni vergüenza. Revela que el hilo rojo, sale del despacho presidencial, pasa por el dormitorio de la "Primera Dama", rodea el Ministerio de Transportes, se detiene en la Diputación de Badajoz y termina anudándose en el cuello de un régimen que ha confundido la mayoría parlamentaria con el derecho de pernada sobre el Estado.
Llegados a este punto de saturación judicial, el ciudadano español que todavía conserva un mínimo de amor propio y no ha sido lobotomizado por el boletín oficial del sanchismo, llámese TelePedro se enfrenta a una disyuntiva cruel. Solo existen dos formas de explicar por qué toda la podredumbre del país fluye hacia el mismo sillón.
La primera opción es que Pedro Sánchez sea, sencillamente, el tonto más grande que jamás haya parido una madre. Una especie de espectador distraído, un alma cándida que no se entera de que su mujer, Begoña Gómez, utiliza el complejo de la Moncloa como sede de una consultoría de influencias; que no sospecha que su hermano, el músico, cobra del erario público mientras vive en Elvas para no pagar impuestos al fisco que su propio Gobierno asfixia; y que ignora por completo que su hombre de máxima confianza, su hermano Ábalos, dirigía una oficina de adjudicaciones a dedo bajo la vigilancia de un portero de prostíbulo reconvertido en asesor ministerial.
Si esta es la verdad, si Sánchez es realmente ese hombre puro que camina entre el fango sin mancharse los zapatos porque ni siquiera los ve, entonces estamos ante un peligro público. No podemos permitirnos un presidente que sea el imbécil de la película. Un tipo que no ve un elefante en su salón no está capacitado para gestionar un presupuesto, ni para dirigir un ejército, ni para representar a una nación. La estupidez, a estos niveles de responsabilidad, es peligrosísima.
Pero seamos adultos. Nadie que haya engañado y robado las primarias a su propio partido, que haya resucitado políticamente de entre los muertos y que haya vendido la integridad de España a cambio de siete votos de un prófugo en Waterloo, es un incauto. Sánchez no es tonto. Es, como dictan los manuales de la vieja escuela y como ha sugerido la Audiencia Nacional tras las confesiones de Víctor de Aldama, el Capo. El vértice. El escalafón 1. El director de una orquesta donde nadie da una nota sin su permiso.
La prensa internacional, que no tiene que esperar a que el Secretario de Estado de Comunicación le dicte el titular, ya ha dejado de comprar la mercancía averiada del resistente. El pasado febrero, Transparencia Internacional nos dio los datos: España ha caído al puesto 49 del ranking mundial de corrupción. Hoy, bajo el mandato de este titán de la España del cohete, somos menos fiables que Botsuana o Ruanda. Es una humillación estadística que ni mil cartas de amor a la ciudadanía pueden tapar.
El semanario británico The Economist, que suele ser el termómetro de la decencia liberal, ha dejado de dedicarle portadas para pedirle, con la flema habitual, que se marche. El Daily Telegraph ya le llama el peste de la OTAN. El gigante financiero Bloomberg ha alertado repetidamente a los inversores sobre el "riesgo país" que supone el asalto sanchista al Poder Judicial. El Financial Times ya no analiza nuestra economía, sino nuestra captura institucional. En Bruselas, el nombre de Begoña Gómez ya no se pronuncia con la cortesía de las visitas de Estado, sino con el interés con el que se estudia un caso de malversación y tráfico de influencias en una democracia en retroceso.







