Hay traiciones más atronadoras que el motor de un tractor verde de cien caballos, y hay miedos que, por mucho que se disfracen de orden público, terminan por delatar la bajeza moral de quien los padece. Lo que hemos vivido esta semana en las calles de Madrid no ha sido una simple manifestación; ha sido el último intento de dignidad de un sector primario que se niega a ser el cordero sacrificado en el altar del globalismo progre. Pero, por encima de todo, ha sido una prueba más de que tenemos un Gobierno que no solo desprecia a quien trabaja la tierra, sino que le teme.
La imagen infame: cinco columnas de agricultores y ganaderos avanzando hacia la capital y, en frente, el muro de la Delegación del Gobierno. Pedro Sánchez, ese payaso risueño de la propaganda que se llena la boca con la “España vaciada” mientras le vacía los bolsillos a quienes aún la habitan, ha decidido que solo quinientos tractores tenían permiso para clamar justicia. Una cifra ridícula, decorativa y muy calculada porque sabe que, si permite la entrada de los miles que esperaban en las afueras, el eco de su fracaso retumbaría hasta Bruselas.
¿A qué tiene miedo el señor Sánchez? ¿Teme que el humo de los motores ensucie los cristales de nuestro Falcon? (porque le recuerdo que no es suyo) No, el miedo es mucho más profundo. Teme que la realidad que huele a estiércol, a sudor y a madrugadas de helada, desmonte el relato de Disneylandia climática que nos intenta vender. Acallar a los que nos dan de comer es la estrategia de quien se sabe incapaz de defender sus intereses frente a los burócratas de la Comisión Europea. Al limitar la protesta, el Gobierno no ha buscado seguridad, ha buscado invisibilidad. Ha intentado que el ciudadano de a pie, no perciba la magnitud de una tragedia que muy pronto sentirá en su propia despensa.
Porque ojo, el asedio al campo no es un conflicto gremial; es un ataque directo a nuestra soberanía nacional. El acuerdo con Mercosur, tratado que Sánchez defiende con entusiasmo, es la condena de nuestra agricultura y ganadería. Mientras a nuestros productores se les asfixia con una absurda normativa ambiental, la famosa Agenda 2030, el Gobierno se dispone a abrir la alfombra roja a productos que vienen de la otra punta del mundo sin cumplir ni una sola de las exigencias que aquí se imponen.
Nos vendieron el Mercado Único como el paraíso de la prosperidad, pero se ha convertido en una jaula regulatoria. Se nos dice que debemos ser "verdes", "sostenibles" y "resilientes", términos que en el lenguaje de Moncloa significan "arruinados", "desprotegidos" y "sumisos". La hipocresía es tremenda: nos prohíben usar determinados fitosanitarios para proteger nuestra salud, pero Sánchez firma tratados para importar carne hormonada de Australia y cereales bañados en productos químicos que en España son ilegales desde hace décadas. Es la insalubridad bajo el sello 2030 del libre comercio.
Y para rematar lo absurdo, han perfeccionado el arte del engaño en el etiquetado. ¿Os habéis fijado en cómo es cada vez más difícil saber de dónde viene lo que compramos? La normativa europea, con la complicidad entusiasta de este Gobierno, permite que el origen del producto se difumine en una nebulosa de códigos QR y menciones vagas a la "última transformación sustancial". Si compráis un bote de miel cuya materia prima es china, pero se envasa en un polígono de Madrid, la etiqueta le hablará de la empresa española, hurtándonos el derecho de apoyar al apicultor de nuestra tierra. Es un borrado de identidad en toda regla. Quieren que seamos consumidores ciegos para que no podamos ser ciudadanos patriotas.







